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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Urtain


A pesar de que estoy rodeado de gente que detesta Animalario (que la verdad es que tampoco tengo muy claro qué es), debo decir que Urtain me pareció estupenda, y que me lo pasé como los indios viendo el excelente montaje de la obra de Juan Cavestany, sobrio y espectacular a la vez: todo ocurre en un ring, y como atrezzo se nos ofrece sólo un par de banquetas, y un elenco de cinco o seis actores se bastan para hacer de polifacéticos gruppies, pero los efectos de luz y sonido hacen que parezca que estamos asistiendo (casi) a un musical de altos vuelos (un ejemplo, para que no parezca que hablo en el vacío: una de las escenas se ilumina con un sencillo pero efectivo efecto que simula el ruido de una televisión antigua. Pues bien, es así como yo recuerdo en mi lejana memoria las imágenes en blanco y negro de boxeo vistas en mi antediluviana tele, porque aunque mis compañeras de blog no lo crean, hubo una época en que la tele era así, en blanco y negro).


La obra comienza con el suicidio de Urtain, cuatro días antes de que comenzaran las Olimpiadas de Barcelona, y avanza retrocediendo en el tiempo, centrándose en los combates que dio alrededor del Campeonato de Europa. Urtain se presenta como un mito (en el sentido barthesiano del término) del franquismo incapaz de adaptarse a su retirada del ring. Olvidado en la transición (al contrario que otros compañeros de viaje citados, como Raphael, Pedro Carrasco o Rocío Jurado) se le ve arrastrando una inferioridad intelectual ahogada en alcohol y violencia. Vemos los tópicos del género "ascenso y caída de una estrella" en su versión pugilística mezclados con los estereotipos que fabricó el franquismo y la democracia en una mezcla a ratos arriesgada pero casi siempre airosa (ejemplo: la matanza de Atocha es narrada como un chiste de Eugenio, el efecto es demoledor). La obra se atreve con todo: tableaux vivants oníricos (la orgía), sencillos números musicales, diálogos intensos (antológico aquel en el que el médico de Franco y el mánager de Urtain gestionan a cara de perro una audiencia/foto de Urtain con Franco).
La encarnación que hace del boxeador vasco Roberto Álamo me parece maravillosa, con esa mezcla de violencia contenida, inocencia y desamparo que configuran una especie de cárcel para el personaje del que este no puede salir, y todos los actores que le rodean suman puntos a la brillantez del resultado, al que se le perdona algún exceso (como el efecto de ralentí que utiliza a ratos, algo forzado para mi gusto).
La sala estaba a rebosar, y se anuncia que las localidades están vendidas hasta el final de las representaciones. Y último apunte privado para mis compañeras, en la butaca de al lado estaba Patricia Ferreira (con la que no crucé palabra).

miércoles, 15 de octubre de 2008

Boris Godunov


Para los que no tengan curiosidad ni ganas de ir a Wikipedia contaré que Boris Godunov es ua obra de Pushkin tal vez más conocida como ópera de Musorsky. Se basa en la historia real del personaje del título, un regente que mediante intrigas se hizo con el trono del zar entre conjuras palaciegas. Según la Wiki fue alguien inteligente y capaz, aunque tirando a paranoico, y según lo que en la verión de La Fura dejan ver del texto de Pushkin, la obra un digno descendiente de lo dramas históricos de Shakespeare. Desgraciadamente es poco lo que muestran, convencidos tal vez de que donde estén ellos que se quiten los demás, que sin duda escribieron en su día para que llegara el preclaro día en que los fureros versionaran a su antojo. La verdad es que tienen el detalle de permitir que el texto de Pushkin brille con una excelene puesta en escena, pero el resultado es que todo el barullo que ellos montan (un grupo terrorista secuestra un teatro donde se representa el Boris) resulte todavía más pedrestre por comparacion, con lo que todo el tiempo uno está deseando que cesen esos diálogos que provocan vergüenza ajena (y encima pronunciados por actores que no son nada del otro mundo) y se vuelva a la obra representada.

viernes, 6 de junio de 2008

La paz perpetua, o una tarde en el teatro



Jueves 5 de junio. Tenía previsto acercarme a la Filmoteca a ver una película de Tsai Ming Liang, pero mi hermano Salva me llamó porque merced a su trabajo en el Ministerio de Cultura se había agenciado esa tarde el palco que tienen perennemente en el María Guerrero, Así que me fui a ver La paz perpetua. Antes de entrar nos comentó que se había quedado de piedra oyendo a gabilondo la noche anterior diciendo en las noticias "Estados Unidos, ese país al que a menudo odiamos...", así, en plural mayestático, y luego pasamos a la anécdota jocosa de la semana, Pepiño Blanco contando en su blog que había ocultado su preferencia por Obama hasta ese momento para no interferir en el proceso democrático, pero que ya podía dar rienda suelta a la que sin duda era la gran incógnita sobre la que se hacían cruces en todos los mentideros políticos y periodísticos de EEUU: ¿Cuales son las preferencias de Pepiño de cara a las primarias demócratas? Cómo a mí no me importa contar en este blog, que dudo llegue a cinco lectores, que estoy convencido de que va a ganar McCain, y que creo que Obama era el peor de los tres condidatos, pues lo cuento, aunque interfiera en el proceso democrático de las elecciones.
La obra no me gustó demasiado, aunque se sigue con interés. Cómo se encargan de decir en la obra, La paz perpetua es una obra de Kant en la que desgrana su filosofía de la historia. Me hizo gracia descubrir que había leído la obra, de la que no recuerdo nada, salvo que era vagamente delirante en su optimismo acerca de la extensión imparable de la democracia, con una teleología histórica que he vuelto a encontrar en Tocqueville, ahora que me estoy leyendo La democracia en América (aunque Tocqueville es bastante conservador en sus apreciaciones). Se ve que no hay nada como encontrar el verdadero motor de la historia, o que era un tema de moda en el XVIII-XIX. Pues con estas credenciales (también se cita con profusión a Pascal) es obvio que el núcleo del conficto dramático es la ética. Estructurada como una alegoría en la que tres perros aguardan juntos la realización de unas pruebas que determinarán cuál será el elegido para un puesto importante y misterioso, el suspense desemboca en una escena final en que se pone de manifiesto (explícitamente) que el problema filosófico (versión ética, como decía antes) de nuestro tiempo es la tortura, un poco como Camus se refería al suicidio. Se suceden las réplicas y contrarréplicas a favor y en contra de su uso, con las consabidas paradojas más o menos sofísticas que han inundado los periódicos y las revistas los últimos años. El clímax gira en torno, no tanto de su existencia, como de su visibilidad y aceptación generalizada por la sociedad: lo que se le pide al héroe moral de la pieza es que legitime el ejercicio de la violencia por parte del estado sobre los sospechosos de terrorismo (hasta ese momento, la institución encargada de torturar es una de esas agencias ultrasecretas y obscenas que supongo existen no sólo en las pelis de espías y los cómics). Es ahí donde La paz perpetua resulta una propuesta insuficiente: uno tiene la sensación de que esos argumentos han sido ya escuchados muchas veces, y tampoco la resolución dramática aporta un nivel diferente para que el espectador afronte el dilema.