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miércoles, 29 de octubre de 2008

Addenda a Plus tard...

Las feroces críticas que Mercedes vierte sobre las entradas del blog demasiado largas (sobre las mías, porque luego, cuando Susana se arranca con esos textos que más que entradas de blog parecen relatos cortos por su extensión no sólo no se lo echa en cara sino que se los elogia) hace que me deje cosas en el tintero o en el teclado, que no sé como ha evolucionado la expresión entre las nuevas generaciones, para las que una pluma es un artefacto exótico propio de culturas primitivas.
Y a propósito de la película de Amos Gitai quería arrancarme con una reflexión teórica de altos vuelos (como no podía ser menos) acerca de la necesidad de transitar narraciones que tenemos las personas. Siempre me hace gracia el comentario generalizado de que uno va al cine a entretenerse y a pasarlo bien, cuando es obvio que es al contrario: uno va al cine a pasarlo mal, para demostrar lo cual sólo hace falta leerse las sinopsis de películas y novelas. Recorrer un texto es acometer una experiencia de concentrado emocional, y que a uno ese texto le diga algo depende de muchos factores, algunos colectivos, dado que cada cultura conforma el alma de sus ciudadanos, y otros individuales, que atañen a la biografía personal de cada uno. Con lo que a las posibles excelencias objetivas de cualquier película se sumaría la necesidad de que algo en el interior del espectador encuentre eco en lo que se muestra en la pantalla.
Y como supongo que esto que he escrito suena confuso, lo explico con el ejemplo de la película de Gitai: uno puede disfrutarla sin saber (casi) nada de historia, pero para entenderla hay que haber tenido abuelos. Sólo si se ha tenido un trato habitual con ellos se comprende que Jeanne Moreau "elija" a sus nietos para la intensa escena de la sinagoga, mientras que siempre se muestra algo evanescente con su hijo, que la acosa en busca de una revelación (siniestra) del drama familiar vivido durante la ocupación alemana. Y es que los abuelos cuentan a los nietos cosas que jamás dirían a sus hijos; y mientras veía Plus tard... recordaba como mi abuela me contó vivencias de la Guerra Civil que nunca había compartido con mi padre; son esos juegos en que nuestros hechos vividos en bruto se ven reflejados en un relato elaborado, ya sea mediante un libro, un film o una canción, lo que nos hace volver incansablemente a éstos, con la esperanza de que alumbren algo nuestra existencia.

martes, 28 de octubre de 2008

Plus tard, tu comprendras





Como uno se puede permitir en un blog todo tipo de teorías que pondrían los pelos de punta a cualquier historiador, contaré que desde mi inmodesto punto de vista el pecado original (o trauma fundacional, depende de si se prefiere la terminología teológica o la psicoanalítica, muy precisas ambas) de la Francia contemporánea se sitúa en el caso Dreyfuss, cuyo brote psicótico se desarrollaría décadas después durante el régimen de Vichy, al que sólo la potencia de la industria intelectual del país ha evitado el oprobio de quedar enmarcado entre los regímenes fascistas "duros" (aquí el término fascista se usa en un sentido técnico, describiendo un sistema político que procura articular una supuesta unidad orgánica popular forcluyendo todo tipo de conflictos de clase y étnicos, como fue el caso del obsceno período de la ocupación alemana), mientras se ha desarrollado una hilarante mitología de la resistencia a la que todos los datos que se tienen ponen en entredicho (si bien es cierto que cuando las tropas anglófonas desembarcaron en el continente se incrementó notablemente el número de los combatientes antifascistas, que en cualquier caso alcanzó su apogeo cuando la guerra terminó).

Toda esta larguísima introducción para introducir el excepcional film de Amos Gitai que la SEMINCI se ha traído a la Sección Oficial, que por cierto no ha gustado a casi nadie. Situada en los días del juicio a Klaus Barbie, el film se centra en la progresiva obsesión de un alto cargo de la burocracia francesa por conocer los datos que rodearon a la detención (previa presunta delación) de sus abuelos maternos, judíos, durante la ocupación alemana.

Si hace nada hablaba de Ingrid Betancourt a propósito de la necesidad de recuperar la dignidad humana mediante signos externos, Jeanne Moreau (la madre judía del prota indagador) es un ejemplo sublime de eso mismo. Reticente a la hora de abordar la tragedia vivida durante la Segund Guerra Mundial, la película nos la muestra siempre impecablemente vestida y maquillada, y la verdad es que impresionantemente hermosa, siempre esquiva a la hora de recordar lo que ocurrió. Rodeada de cachivaches y antigüedades que parecen funcionar como parapeto o remedo de la civilización abolida por el nazismo, protagoniza poco antes de morir una descomunal secuencia que pasará (o debería pasar) a la historia como uno de las muestras más grandes del cine contemporáneo de lo que es la donación simbólica, cuando se lleva a sus nietos a la sinagoga durante la ceremonia del Yom Kippur y les regala la estrella amarilla que portaba durante la guerra (objeto oprobioso convertido en sagrado), a la vez que enuncia la que será la tarea a llevar a cabo (resistir a la intolerancia) por sus descendientes.