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sábado, 1 de noviembre de 2008

Comiendo en la SEMINCI (1)



Estómago, primera película de Marcos Jorge, se ganó en seguida el favor del público y del jurado, según supimos por nuestro topo; y se ha llevado un montón de premios; pero yo no la pude ver, cosa que no tiene demasiada importancia porque la película venía ya con distribución (Alta).
Pero sin embargo comí con el director, gracias a una de esas comidas de festivales en que cada uno de los comensales aporta a alguien; y así había quedado con Carmen, la jefa de prensa de Alta, que apareció con el director de la peli, al que Alberto (que también estaba en la mesa) había entrevistado el día anterior.
Para los que no saben como es esto del mundo del cine, pues contar que es como todos: en las comidas se habla de cine y de todo lo que le rodea. Pero Marcos Jorge es antropólogo, experto en arte brasileño prehistórico, gastrónomo y un montón de cosas más, así que ha sido opinión generalizada que es una de las personas con las que más gusto da charlar, o escucharle hablar.
Y en la comida habló de su película, claro (y de otras), pero también de tribus del amazonas, de las distintas mafias italianas, de ungüentos y brujería medieval, de la conquista de América, de setas y vinos y de muchas cosas más; y como es alguien agradable nadie se sintió intimidado, más bien al contrario, cada uno aportó sus conocimientos y anécdotas. Y además pude probar una de las tapas más extraordinarias que me he llevado al coleto nunca, una ostra en sorbete de limón al vodka de caerse de espaldas.

viernes, 31 de octubre de 2008

La ventana, de Carlos Sorín




Un anciano testarudo se despierta el día en que su hijo, al que hace años que no habla, va a ir a visitarlo a la hacienda venida a menos, pero todavía importante, en la que reposa convaleciente de un infarto. Ha tenido un sueño en el que se le ha aparecido un indefinible rostro femenino que pertenece a su pasado más remoto, una aparición angelical que intuimos en seguida que tiene que ver con la muerte. Es cuidado con devoción filial por dos mujeres, que también han aprendido a mangonearlo sin problemas, por lo que imaginamos que llevan tiempo con él.

La ventana filma con cuidado todos los rituales cotidianos de ese día, a través de los cuales adivinamos la biografía de los personajes, y Sorín se pasa al 35 mm. para darle más importancia a la imagen (en la película se mide con cuidado el cambio de la luz a lo largo del día). Todos son conscientes de la proximidad de la muerte, pero perpetúan sus hábitos, como si esa fuera la única manera de preservar la dignidad.
Esta versión minimalista de La muerte de Ivan Ilich tiene una de sus grandes bazas en Antonio Larreta, escritor y guionista que encarna estupendamente al hacendado moribundo (y también escritor), y que en la rueda de prensa contó con mucha gracia como Sorín le quitó su guión a mitad de rodaje, y que luego en la entrevista que dio a Paz Sufrategui (para Versión española) confesó por primera vez que todavía está molesto con Delibes porque nunca hizo ninguna mención a los guionistas de Los santos inocentes.
Al igual que Jeanne Moreau en Plus tard... Larreta pone en escena su muerte (la de su personaje, claro), y siempre me pregunto como se sienten al tener que interpretar lo que saben que les acontecerá en no mucho tiempo.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La pérdida de un diamante lágrima



El gancho en la SEMINCI de esta película es el autor del guión. Alguien se tropezó con un original de Tennessee Williams y decidió que había que rodarlo, supongo que sin leérselo. También es probable que lo que se encontrara fueran escenas sueltas para diferentes obras de teatro, y a algún ejecutivo se le ocurriera la brillante idea de juntarlas de alguna manera a ver lo que salía de ahí, que supongo que no hay que ser un lince para saber a estas alturas que no es gran cosa.
Y los problemas empiezan con el guión, que es bastante confuso y desarrolla mal las secuencias, sin que en muchos casos se entienda la agria respuesta emocional de los personajes, ni lo que les lleva a hacer lo que hacen. La protagonista es una heredera sureña que tras la vuelta de un tour europeo se encuentra desplazada en la sofocante alta sociedad de donde sea que ocurre la acción, y se dedica a imitar a la Dorothy Malone de Escrito en el viento.
Hay elementos interesantes en la película, pero uno tiene la impresión de que están mal colocados o desperdiciados: el "pecado original" del padre (destruyó un dique que ahogó a varias personas), que aparece y desaparece según convenga; los diamantes lágrima, una buena idea de objeto "mágico" que circula entre mujeres, pero cuya pérdida dispara el conflicto de una manera incomprensible; los conflictos de clase e inferioridad social, que acaban mezclados con cosas que no tienen nada que ver; una tarea terrible que le cae a la protagonista, y de la que no se sabe el desarrollo ni como influye en ella.
Eso sí, salen mansiones sureñas, atardeceres y amaneceres, y como mandan los cánones todo está rodado en un elegante cinemascope.

Addenda a Plus tard...

Las feroces críticas que Mercedes vierte sobre las entradas del blog demasiado largas (sobre las mías, porque luego, cuando Susana se arranca con esos textos que más que entradas de blog parecen relatos cortos por su extensión no sólo no se lo echa en cara sino que se los elogia) hace que me deje cosas en el tintero o en el teclado, que no sé como ha evolucionado la expresión entre las nuevas generaciones, para las que una pluma es un artefacto exótico propio de culturas primitivas.
Y a propósito de la película de Amos Gitai quería arrancarme con una reflexión teórica de altos vuelos (como no podía ser menos) acerca de la necesidad de transitar narraciones que tenemos las personas. Siempre me hace gracia el comentario generalizado de que uno va al cine a entretenerse y a pasarlo bien, cuando es obvio que es al contrario: uno va al cine a pasarlo mal, para demostrar lo cual sólo hace falta leerse las sinopsis de películas y novelas. Recorrer un texto es acometer una experiencia de concentrado emocional, y que a uno ese texto le diga algo depende de muchos factores, algunos colectivos, dado que cada cultura conforma el alma de sus ciudadanos, y otros individuales, que atañen a la biografía personal de cada uno. Con lo que a las posibles excelencias objetivas de cualquier película se sumaría la necesidad de que algo en el interior del espectador encuentre eco en lo que se muestra en la pantalla.
Y como supongo que esto que he escrito suena confuso, lo explico con el ejemplo de la película de Gitai: uno puede disfrutarla sin saber (casi) nada de historia, pero para entenderla hay que haber tenido abuelos. Sólo si se ha tenido un trato habitual con ellos se comprende que Jeanne Moreau "elija" a sus nietos para la intensa escena de la sinagoga, mientras que siempre se muestra algo evanescente con su hijo, que la acosa en busca de una revelación (siniestra) del drama familiar vivido durante la ocupación alemana. Y es que los abuelos cuentan a los nietos cosas que jamás dirían a sus hijos; y mientras veía Plus tard... recordaba como mi abuela me contó vivencias de la Guerra Civil que nunca había compartido con mi padre; son esos juegos en que nuestros hechos vividos en bruto se ven reflejados en un relato elaborado, ya sea mediante un libro, un film o una canción, lo que nos hace volver incansablemente a éstos, con la esperanza de que alumbren algo nuestra existencia.

martes, 28 de octubre de 2008

Plus tard, tu comprendras





Como uno se puede permitir en un blog todo tipo de teorías que pondrían los pelos de punta a cualquier historiador, contaré que desde mi inmodesto punto de vista el pecado original (o trauma fundacional, depende de si se prefiere la terminología teológica o la psicoanalítica, muy precisas ambas) de la Francia contemporánea se sitúa en el caso Dreyfuss, cuyo brote psicótico se desarrollaría décadas después durante el régimen de Vichy, al que sólo la potencia de la industria intelectual del país ha evitado el oprobio de quedar enmarcado entre los regímenes fascistas "duros" (aquí el término fascista se usa en un sentido técnico, describiendo un sistema político que procura articular una supuesta unidad orgánica popular forcluyendo todo tipo de conflictos de clase y étnicos, como fue el caso del obsceno período de la ocupación alemana), mientras se ha desarrollado una hilarante mitología de la resistencia a la que todos los datos que se tienen ponen en entredicho (si bien es cierto que cuando las tropas anglófonas desembarcaron en el continente se incrementó notablemente el número de los combatientes antifascistas, que en cualquier caso alcanzó su apogeo cuando la guerra terminó).

Toda esta larguísima introducción para introducir el excepcional film de Amos Gitai que la SEMINCI se ha traído a la Sección Oficial, que por cierto no ha gustado a casi nadie. Situada en los días del juicio a Klaus Barbie, el film se centra en la progresiva obsesión de un alto cargo de la burocracia francesa por conocer los datos que rodearon a la detención (previa presunta delación) de sus abuelos maternos, judíos, durante la ocupación alemana.

Si hace nada hablaba de Ingrid Betancourt a propósito de la necesidad de recuperar la dignidad humana mediante signos externos, Jeanne Moreau (la madre judía del prota indagador) es un ejemplo sublime de eso mismo. Reticente a la hora de abordar la tragedia vivida durante la Segund Guerra Mundial, la película nos la muestra siempre impecablemente vestida y maquillada, y la verdad es que impresionantemente hermosa, siempre esquiva a la hora de recordar lo que ocurrió. Rodeada de cachivaches y antigüedades que parecen funcionar como parapeto o remedo de la civilización abolida por el nazismo, protagoniza poco antes de morir una descomunal secuencia que pasará (o debería pasar) a la historia como uno de las muestras más grandes del cine contemporáneo de lo que es la donación simbólica, cuando se lleva a sus nietos a la sinagoga durante la ceremonia del Yom Kippur y les regala la estrella amarilla que portaba durante la guerra (objeto oprobioso convertido en sagrado), a la vez que enuncia la que será la tarea a llevar a cabo (resistir a la intolerancia) por sus descendientes.

domingo, 26 de octubre de 2008

Escapada

Después de hacer las entrevistas de Los muertos van deprisa me he metido corriendo a ver la peli de Gitai, de la que tenía buenas referencias. Y el caso es que empezaba muy bien. Pero resulta que el Calderón, la sala de gala, está lleno de columnas, y me caía una en medio y tenía que haver contorsiones para seguir la proyección. Total, que para un film con tan buena pinta no era modo de verlo, así que venciendo mi pavor a moverme por la oscuridad he tanteado con los pies los escalones y he conseguido escapar del cine (Alberto me ha confirmado que Más tarde, tú comprenderás, que así se llama la película de Gitai, es estupenda).
A las cuatro y media me he metido a ver The guitar, publicitada como una película de la hija de Robert Redford (hija que no se ha dignado a aparecer p0r aquí), de la que ayer corrió el rumor de que estaba muy bien (la peli, se entiende, que de la hija no se sabe nada), hasta que Alberto la vio y rebajó expectativas. Como los problemas se acumulan en este Festival de todas las maneras posibles, los subtítulos electrónicos prácticamente no se leían, lo que ha motivado un considerable barullo en el patio de butacas y me ha colmado de alegría, puesto que en cuanto las palmas han conseguid0 que se parara la proyección me he levantado y me he largado por segunda vez en pocas horas del mismo anfiteatro, porque los diez minutos que he visto me han bastado para detectar un espanto entre cursi y pretencioso (que como bien ha dicho Alberto, podría haber sido filmado/firmado por Isabel Coixet)

Los muertos van deprisa



No sé si lo he contado aquí alguna vez (supongo que sí), pero lo repito otra vez: mi figura literaria favorita de la historia de la literatura es aquella que utiliza Kant para criticar las Ideas tal como las concebía Platón; Kant habla de la paloma que sintiendo el roce del viento en las alas, piensa en como sería su vuelo si no tuviera que vencer la resistencia del aire. La paradoja es que es precisamente esa resistencia la que permite el vuelo al ave, aunque ella la perciba como un obstáculo.
Es una figura que aplico a todas las circunstancias de la vida, y aquí viene a cuento porque uno (en un Festival de Cine y en todas partes) se encuentra con obligaciones marcadas por la amistad (otras veces es la familia) de las que le gustaría verse libre, pero probablemente la amistad sobrevive (contra lo que podría parecer) porque es un tejido de obligaciones aceptadas implícitamente (y de hecho en muchas ocasiones esa obligación se siente como un mandato incuestionable).
Y una de las cosas que me ha tocado hacer ha sido verme esta modesta comedia gallega para entrevistar al director, Ángel de la Cruz, que hasta ahora había tenido una carrera más o menos exitosa en el campo de la animación.
Los muertos van deprisa, además de ser un verso de Rosalía de Castro (que es leído en un momento de la película, que por eso lo sé), es un remake en clave gallega de El hombre tranquilo, aunque a años luz del referente. Además de indefinición en varias partes del guión (secuencias que no están bien planteadas y en las que el conflicto que se genera no acaba de entenderse), se puede decir que la excesiva "amabilidad" del tono hace que la cosa resulta demasiado sosa para una comedia, y algunos gags son largos y no funcionan nada bien, como la recreación de Bonanza, demasiado larga y alg9o bochornosa, que además introduce al personaje peor trazado de la peli, que es el sargento de la Guardia Civil.
Pero la primera reflexión que surge viéndola es acerca de la viabilidad de un producto menor como este en el despiadado panorama audiovisual que vivimos o, en otras palabras, que es imposible imaginarse un público para esta película.

Los momentos eternos de Maria Larssons


Como es fácil de imaginar, una de las (bastantes) cosas positivas de acudir a un Festival de Cine es la posibilidad de tropezarse inesperadamente con estupendas películas. Al poco de comenzar un certamen se pone en marcha un sistema de comunicación colectivo que hace que en cuestión de minutos se sepa si una película está bien o no (alguien que conoce a alguien que conoce a alguien que ha visto la peli en otro festival o en dvd o que se lo inventa). La antena de cada uno recoge las vibraciones del momento y se hace la agenda del día con estas etéreas informaciones, ya que hasta en el más modesto de los festivales la oferta es inabarcable.
Aunque este rollo me lo podía haber ahorrado porque me metí a ver "Los momentos eternos de Maria Larssons", de Jan Troell, porque Alberto la vio en el primer pase del Festival y me dijo que era preciosa; y efectivamente la película es tan hermosa como su título.
Cuenta la historia (real, cosa que he comprobado después, aunque uno lo barrunta en la sala) de una familia proletaria en la Suecia profunda de principio de siglo, en la que la mujer tiene que aguantar a un convencional marido que bebe como un cosaco tras deslomarse en los muelles para llegar a casa a repartir sopapos de vez en cuando. La mezcla de violencia y debilidad del padre de familia se muestra muy bien, y más que malvado resulta patético, aunque de una manera bastante terrible (la figura definitiva de este modelo masculino es probablemente el padre que Kafka dibuja en su Carta al padre, en que al terror que le producía se unía la imposibilidad de tomárselo en serio).
Maria Larssons encuentra la salvación, por así decirlo, en la fotografía, a la que se dedica con pasión culpable (es obvio que vuelca ahí el goce que está marcadamente ausente en el matrimonio, a pesar de la fila de niños que les acompaña). Aunque ella no puede articularlo, se siente inundada por el vértigo de lo real que aparece en las fotografías, un algo que la arrastra sin que sepa como, y que en una estupenda secuencia se asocia explícitamente a la muerte.
Aunque ni temática ni formalmente sus películas se parezcan en nada, Maria Larssons pertenece a la misma familia que el Will More de Arrebato, si bien Maria no acaba completamente abducida por ese absoluto siniestro que prometen las imágenes fotográficas, tal vez porque en Troell sí hay un padre capaz de imponer una tarea, aunque esta sea tan terrible como permanecer al lado de un marido tan impresentable como el que le ha tocado.

sábado, 25 de octubre de 2008

SEMINCI 1 (espinof)

En esa apasionante entrada en la que prácicamente no cuento nada y que me podía haber ahorrado perfectamente, decía que me vi algo de la ceremonia de entrega de los Premios Príncipe de Asturias, y los directos y resúmenes en que se regodeó el Telediario. Por supuesto me vi el que se convertirá, probablemente, en el momento más repetido del evento, cuando Ingrid Betancourt recordó como siguió los triunfos de Rafael Nadal en Roland Garrós a través de la radio mientras estaba secuestrada, y éste giró la cabeza completamente alucinado, probablemente sin creerse lo que estaba oyendo (en la entrevista que María Ascario le hizo luego en directo el tenista estuvo muy elegante hablando del discurso de la política colombiana).
No sé si en el blog incluí hace unos meses un texto que Banksy tiene en su página web, una transcripción de un documento (que imagino que es real), de un oficial aliado que se encontró, tras liberar un campo de concentración para mujeres tras la derrota nazi, con un extraño cargamento de lápices de labios como prácticamente el primer envío que llegaba para socorrer a las encarceladas. Allí se contaba como lo que parecía la más demencial e inútil de las ayudas resultó ser el más acertado de los artículos, ya que significó el reencuentro con la dignidad humnana de las mujeres que habías pasado años tratadas como animales. Me acordé de la anécdota al ver esta mañana las fotos de Ingrid Betancourt, que en vez de ir disfrazada de víctima lucía unos espléndidos taconazos y un igualmente espléndido vestido de gala, y parecía encantada de coquetear con Nadal, y desde luego feliz de participar en el boato de un ritual como el de una entrega de premios literalmente principescos; y es que es fácil mofarse de las ceremonias, pero conviene recordar que muy a menudo la alternativa a las convenciones humanas suele ser la barbarie más animal.

SEMINCI 1

Por unos días dejo aparcado a Oliveira en la Filmo y mis programas de reportajes en Torre para lidiar con la Seminci en las delirantes condiciones en que nos manda una Televisiíon Española empeñada en cuadrar unos presupuestos ficticios por razones políticas. Por ahora el único que se ha visto algo ha sido Alberto, cuya definición de la película jordana que sabe Dios por qué abrió el Festival como voluntariosa y amable (o algo parecido) es suficiente para que me la salte. También me ahorro la que se está proyectando en estos momentos, dirigida por Chus Gutiérrez, que a este paso no me veo nada (al final las críticas cinematográficas del blog las hará Alberto -Bermejo- de manera involuntaria).
Carlos del Amor se empeñó en hacer una pieza para el TD2 contra viento y marea, cuando hasta el más ingenuo de los mortales sabía que con el despliegue de los Premios Príncipe de Asturias se iba a caer cualquier otra cosa, como así fue, pero eso me sirvió para echarle un vistazo a la ceremonia.
Esta mañana he coincidido en el ascensor del hotel con un argentino enorme que en cuanto le he dicho que venía con una televisión me ha pasado un press-book de su película, que resulta que va en la competición oficial, Villa 21, sobre favelas en Buenos Aires.
Y he leído acerca de la enésima caída histórica de las bolsas, que no acabo de entender por qué las bolsas se caen o se hunden todos los días, y no bajan simplemente.