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domingo, 23 de noviembre de 2008

El Padre Brown


Imagino que casi todos nos acercamos a Chesterton guiados por la admiración que le profesaba Borges. Recuerdo que los relatos del padre Brown me decepcionaron cuando los leí, fascinado como andaba yo con los manieristas recovecos conceptuales del escritor argentino.
Acantilado acaba de publicar en un solo volumen todos los cuentos del cura detective más famoso de la Literatura, y mientras que hoy en día soy incapaz de terminarme un relato de Borges, de tan artificiales y amanerados que me resultan, los de Chesterton cada vez me gustan más, y cuanto más los leo mejor me parecen, una vez que uno ya conoce el desenlace y puede detenerse en los detalles.
Chesterton se empeña meticulosamente en quitar todo glamour a su protagonista, empezando por el nombre, aunque en cualquier caso una de las cosas que más desprecia de la cultura moderna es la estetización del mal. Chesterton/Brown combate en primer lugar la fascinación por lo demoníaco tan propio de la estética que arrastramos desde el Romanticismo, de la misma manera que concibe el paganismo como una doctrina empozoñosamente triste y el orientalismo como un peligro metafísico (mientras que se diría que no se toma demasiado en serio el ateísmo). Sabido es que Chesterton era un católico que de tan ortodoxo resulta excéntrico, y que una de las pruebas que aportaba para demostrar la verdad de su doctrina era la alegría, razón que siempre ha desconcertado a sus admiradores españoles “laicos”, que los hay muy respetables, como Savater y Marías, por ejemplo.
Chesterton debía de tener una percepción física del mal, que se manifiesta en sus relatos en todo tipo de realidades, desde la forma de un cuchillo a la luz de un atardecer, desde la arquitectura de una casa hasta el carácter infinito de la extensión de un bosque. Esta dimensión cósmica e inhumana del mal está siempre presta a devorar al hombre, y sostener los diques que permitan la existencia de una comunidad humana fue la tarea heroica que Chesterton siempre consideró propia del cristianismo, encarnada en ese peculiar héroe de nuestro tiempo que es el Padre Brown.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Resurgir, de Margaret Atwood



"te encierran en un hospital, te afeitan el pelo y te atan las manos y no te dejan ver, no quieren que entiendas, quieren que creas que el poder es suyo, no tuyo. Te clavan aguja para que no oigas nada, para ellos podrías ser un cerdo muerto, tienes las piernas en alto y metidas en un soporte metálio, se inclinan sobre ti técnicos, mecánicos, carniceros, estudiantes patosos o que ríen por lo bajo mientras hacen prácticas con tu cuerpo, sacan al niño con un tenedor como un pepinillo de un bote de pepinillos. Después de eso te llenan las venas de plástico rojo; lo he visto bajando por el tubo. No voy a dejar que me hagan eso nunca más."
Susana me regaló El cuento de la criada por mi cumpleaños, pero en el último momento decidió quedárselo ella y darme Resurgir, también de Margaret Atwood. Aunque el libro es de reciente publicación en español basta un par de páginas para darse cuenta de que ninguna mujer escribiría algo así en nuestros días (cada época tiene sus censuras).

La narradora, una mujer a la que parecen haber extirpado la capacidad de sentir emociones, embarca a unos amigos un tanto descerebrados en un viaje para acercarse a la casa de sus padres, un espacio mítico situado en una cabaña aislada en una isla en medio de un gigantesco lago que tiene algo de las aguas primordiales del Génesis (aunque siempre amenazado por la presencia amenazante de turistas americanos). Los colegas parecen los detritus del 68, y se los tendrá que quitar de en medio para iniciar una especie de catarsis o rito de iniciación (que se parecen dos gotas de agua a un brote psicótico) de la mano de las pistas que le han dejado sus desaparecidos padres (de los que también se supone que se han vuelto locos). A lo largo del trayecto nos enteramos del via crucis de humillaciones emocionales que ha sido su vida, lo que la ha convertido en un bloque de hielo. Hoy es inevitable leer el libro como un testimonio del atroz ambiente sentimental de los setenta, aunque es improbable que ese fuera el objetivo de la autora, que consigue que el personaje principal resulte muy verosímil, lo que tiene bastante mérito, teniendo en cuenta lo que le cae encima.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Resurgir



"Debo tener más cuidado con mis recuerdos, tengo que asegurarme de que son míos y no los recuerdos de otras personas diciéndome qué sentía yo, cómo me comportaba, qué decía: si los hechos son falsos, también lo serán los sentimientos que asocio a ellos. Empezaré a inventármelos y no habrá manera de establecer la verdad, quienes podrían ayudarme ya no están."

domingo, 19 de octubre de 2008

Stendhal y Ferlosio




Lo de leer a Ferlosio cada vez que saca un libro es costumbre inveterada a la que no renuncio, y eso que uno tiene la impresión de que ya lo ha leído antes, y es que como él dice, a estas alturas no va a cambiar de intereses. Total, que tenemos vueltas a lo de siempre (bienes contra valores, las trampas morales de la guerra justa, la violencia como fundadora de derecho), y con los mismos autores de referencia (Max Weber, Walter Benjamin, Plutarco, los aborrecidos Hegel & Ortega) junto con extrañísimos ejemplos históricos que saca de no menos extraños documentos, y sobre todo ese estilo que hace que le saque punta hasta extremos inverosímiles a cualquier tema que se le cruce en el camino y le llame la atención, como la distinción que Hegel hace entre felicidad y satisfacción, que yo aprovecho para glosar mi otra lectura del momento, Le rouge et le noir (que pongo en francés porque me lo estoy leyendo en la edición de la Pleiade, que soy así de snob y pretencioso y chulo, aunque alguien tendría que decir-y lo voy a hacer yo- que las mitificadas ediciones de la Pleiade tienen un cuerpo de letra super canijo, que ya empieza a costarme leer, y una impresión algo débil para mi gusto; y que sin ánimo de hacer patria opino que empeños editoriales similiares en España-como las obras completas que publica Círculo de Lectores, o la Biblioteca Castro- son mucho más legibles).

Como doy por supuesto que cualquiera que se asome a estas páginas se ha leído la novela de Stendhal salto al momento en que Julien Sorel se plantea como tarea ineludible coger la mano de Mme Renal sin que ésta la retire. Para Julien es un obligación en la que está en juego su autoestima, y cuando consigue llevar a buen término su proyecto (pues para nada parece que algo del orden del deseo se juega hasta aquí) es satisfacción lo que siente, pero ni un ápice de felicidad. Julien tiene un objetivo a largo plazo, y todas las pruebas que se encuentra por el camino no son más que obstáculos a superar y piedras de toque de su valía para alcanzar el triunfo final. Mme Renal, sin embargo, no tiene en perspectivas nada que obtener. Por primera vez en su vida se ve inundada por un sentimiento intenso hacia otra persona, y es la felicidad la que la embarga (aunque, como es de rigor, ésta tiene que compartir con la desesperación el espacio que en el alma de la heroína de la novela ocupan los sentimientos). El tramo final invertirá esta ecuación, o más bien demostrará como fútil el camino emprendido por Julien, pero eso lo dejo para cuando llegue.

Foster Wallace



No me había enterado de que Foster Wallace se había suicidado hasta que leí una noticia en el último número de Quimera, un mes después de que el escritor se quitase la vida. Me desconcertó el que no lo hubiera sabido antes, a través de algún artículo o un comentario de algún amigo (he visto que El País publicó una columna, pero no he investigado la repercusión que tuvo el suceso). En este blog ha aparecido alguna vez, sobre todo por el reportaje que dedicó a McCain en las primarias que perdió ante Bush: Aunque en el plano literario siempre se cita La broma infinita, un tocho de más de mil páginas que me recomendó Juan Moreno, a mí me encantan sus libros de reportajes, especialmente Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (se refiere a un crucero), que como todos los suyos está publicado en Mondadori y (muy bien) traducidos por Javier Calvo.

jueves, 9 de octubre de 2008

Ehrengard y la monarquía circular



Javier Marías me cae bien porque hace años, cuando todavía no era el superventas en que se convirtió con Corazón tan blanco pero ya era un escritor con cierto reconocimiento, mi hermana le escribió un par de cartas y él tuvo el elegante detalle de contestarle con unas postales. Además, me gustan las cálidas y combativas páginas que ha escrito acerca de su padre (Julián Marías), y aunque sus novelas no me llaman especialmente la atención, suelo leer el artículo que escribe en el País Semanal. Hace unos años puso en marcha una pequeña editorial con el nombre de Reino de Redonda, monarquía (casi) ficticia con una historia tan deslumbrante como divertida, y en la que Marías es el actual monarca, aunque algún que otro personaje le discute el título. Como en su página web se puede ver hasta el elegantísimo pasaporte que ese reino posee, me ahorro la historia; sólo decir que una de las obligaciones de los regentes es velar por la posteridad literaria de los predecesores, lo que probablemente fue el germen de la idea de esta empresa editorial. En ella el novelista ha recuperado algunas de las traducciones que acometió en sus inicios literarios (tiene páginas muy inteligentes acerca de las bondades de la traducción como taller literario para aspirantes a escritor) y ha publicado un par de libros de M.P.Shiel, uno de los anteriores monarcas.
Y el otro día, en la biblioteca de mi barrio, me dio por buscar algún libro del reino de Redonda, y me saqué Ehrengard, el último cuento que escribió Isak Dinesen, según cuenta Marías en la introducción (que en extraño alarde publica también en inglés). No había leído nada de la danesa, al parecer cuentista consumada. Ehrengard es una especie de cuento de cuentos, un resumen de toda la historia de la narrativa breve, en el que cabe desde la tradición popular del relato maravilloso (una pareja de reyes que no tiene descendencia hasta que un heredero les nace cuando habían perdido la esperanza, aunque un destino aciago, o al menos inquietante, se cierne sobre él) hasta modulaciones de tono postmoderno, como ese final que cae abruptamente de lo sublime a lo cotidiano. Por medio nos tropezamos con una historia de esteticismo fin de siécle en la que el principal destinador del relato se empeña en la tarea imposible de acometer una seducción casta y eterna a la vez, una posesión platónica pero a la vez definitiva. Las cosas no salen exactamente así, pero tampoco de manera muy diferente, digamos que la Dinesen dibuja un espacio en el que se mueve la ironía sin que el cuento pierda encanto, y es que, a pesar de la pesadota descripción que doy, en realidad Ehrengard es una narración transparente, cuya sabiduría parece desplegada para consumo exclusivo de la propia autora.

sábado, 4 de octubre de 2008

Herzog & Bellow

Por influjo de Susana me leo la columna de Muñoz Molina cada sábado en el Babelia. Hace poco reseñaba la nueva traducción del Herzog de su admirado Bellow que Círculo de lectores acababa de publicar, que no es la que tengo yo, pero que para animarme a leerlo me sirvió igual. En mi adolescencia de ratón de biblioteca me leí algún libro suyo sacado de la extraña bilioteca que la embajada de Estados Unidos tenía cerca de Colón, y hace unos meses me volví a acercar a él para leerme El planeta de Mr Sammler, un superviviente del ancien regime que asiste al apocalipsis social y cultural de los setenta aferrado a su Eckhart (tan de moda hoy, quién lo iba a decir). Herzog es un libro manifiestamente autobiográfico que rezuma rencor casi en cada letra, lo que lo hace algo antipático de leer, y al que la sabiduría del autor casi le perjudica. Aunque casi por decoro Bellow/Herzog se empeña en denigrarse también a sí mismo, está claro que considera culpable del fracaso de su segundo matrimonio a todo el universo (aunque reconoce el lado paranoico de esta impresión). Al igual que el Fima de Amos Oz, estamos ante un escritor compulsivo de cartas (mentales) que ve hundirse su vida en los cincuenta, que se ve que es una característica judía. A mí estos naufragios de intelecuales pusilánimes no acaban de convencerme, pero siempre me tropiezo con algún párrafo que me anima a seguir.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Los temblores de Nothomb

Tal vez lo más inverosímil de San Sebastián haya sido que no hemos conseguido leer ni una línea de literatura, nosotros lectores compulsivos. Yo me llevé las memorias de Gore Vidal, que he abandonado, y entre que recuperaba el ritmo lector a la vuelta con el Herzog de Bellow Susana me pasó Estupor y temblores, de Amélie Nothomb, escritora belga de la que no sabía nada, y a la que Mercedes le tiene una antipatía sin causas aparentes. Pensaba yo que el título era una referencia al Temor y temblor kierkegardiano; pero no, resulta que la Nothomb vivió y trabajó en Japón bastante tiempo, y la novela es un ajuste de cuentas vía ironía con el demencial y atroz sentido de la jerarquía que regula las relaciones sociales y laborales en aquel país (nos enteramos de que estupor y temblores eran los elementos adecuados para acercarse al emperador japonés).
El libro pertenece al género un occidental en Oriente, y si se lee bien es porque se estructura como un relato de iniciación en que la prota baja a los infiernos, donde se topa con todo tipo de deidades infernales. sin que el todopoderoso (y bondadoso) Dios Padre (o sea, el jefe de la multinacional en la que entra a trabajar, el presidente Haneda) pueda hacer nada para impedir las humillaciones a que es sometida. Este infierno (o multinacional) está poblada por hombres, pero destaca por su capacidad perversa para infligir dolor Fubuki, la superiora inmediata de Amélie, por la que ésta siente una fascinación sin límites y un amor sin correspondencia. A ratos la novela se lee como una venganza privada en la que se describen los elementos más humillantes para esta diosa inaccesible (básicamente, que permanece soltera a sus 29 años, humillante condición que la hace ponerse en evidencia ante cualquier varón soltero de similar status social).
Más que a Kafka, la empresa Yumimoto recuerda al Instituto Benjamenta de Walser, allí donde la educación estaba pensada para la aniquilación del alma individual, y donde las más extrañas (y sublimes) epifanías podían surgir de la destrucción del espíritu.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Johnson & Boswell



La edición que ha publicado El Acantilado de la tan celebérrima como marciana Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, bastaría como prueba de que vivimos la edad de oro de la edición en nuestro país. Se trata de una traducción de la obra completa, con todo tipo de notas, introducciones, variantes y demás (que dudo yo que haya muchas otras en otras lenguas): casi dos mil páginas de minuciosa descripción de la vida del doctor Johnson, un curioso erudito inglés de (al parecer) bastante importancia en la historia cultural de su país, importancia que se pierde al pasar fronteras: se encargó de la primera edición crítica, o anotada, de las obras completas de Shakespeare (la misma editorial acaba de publicar lo que debe de ser el prólogo o estudio introductorio), y también escribió uno de los primeros diccionarios modernos de su lengua. Su fama posterior se la debe a este desmesurado proyecto, en el que el disoluto Boswell se metió de joven, cuando conoció a la eminencia gris y se convirtió en su más o menos inseparable discípulo. Como decía, creo que el doctor Johnson es bastante popular en el ámbito anglosajón (Chesterton lo cita a menudo, y de una manera que implica que es una presencia importante en los ambientes cultos), pero parece que la figura que empieza a resplandecer es la del propio Boswell, al que poco menos que se tenía por alguien con suerte que tuvo la buena idea de apuntar lo que Johnson le decía en sus paseos. He visto que se ha publicado otro tochazo en el que se cuenta la vida de Boswell, y sobre todo como llevó a cabo la tarea de escribir la que se considera de manera un tanto convencional la mejor biografía jamás escrita. Boswell, cuando no se iba de putas o andaba borracho, le daba la paliza a todo el que hubiera tenido la más mínima relación con Johnson o con algún amigo del mismo para confirmar cualquier nimio detalle, recopiló listas de la compra, cuantas de papelería o notas escolares y se quemó las pestañas para buscar cualquier papelucho del grafómano indolente que parece que era su biografiado. El resultado, para un lector de hoy en día (bueno, para mí, vamos), es demencial, hipnótico, a ratos desternillante, y muchas veces apasionante. La, para mi gusto, extraordinaria traducción de Martínez-Lage mantiene la extrañeza arcaica del estilo original (supongo, claro, porque no tengo ningún ejemplar en inglés), que va muy bien con el mundo vagamente incomprensible que se retrata. De tan minucioso como se quiere la descrpción, no surge una comprensión cabal de Samuel Johnson, sino una miríada de impresiones desconcertantemente incompatibles (¿era Johnson un lector compulsivo pero desatento, o un estudioso aplicado y paciente?¿era refinado en el trato, o un mostrenco tirando a grosero? Pues por lo que se ve, dependía del día y de la hora, igual que era indolente y maníaco depresivo, a la vez que tenía una fuerza de voluntad y una capacidad de trabajo rayanas con lo mítico), de la misma manera que uno no puede dejar de percibir que por debajo de la admiración sin límites que Boswell profesa por su objeto de estudio subyacen corrientes de sentimiento bastante más rencorosas.
Como decía, ahora las corrientes de favor soplan en favor del durante siglos postergado Boswell, a raíz de la aparición de su diario, durante mucho tiempo bajo llave por su contenido más o menos escandaloso. En España se publicó hace pocos años un extracto, y efectivamente, en todas las páginas que hojeé acababa en una taberna o en un burdel, aunque también tomaba el té con gente respetable y leía libros a mansalva.
El Acantilado ha publicado otras obras capitales de este mismo carácter "transversal", también de manera íntegra, como Las memorias de ultratumba, de Chateubriand, o Las conversaciones con Goethe, de Eckermann (o los ensayos de Montaigne), todos por encima de las mil páginas, proyectos que parecerían suicidas a priori, pero que han conocido un sorprendente éxito (todos llevan varias reimpresiones), y el colmo de los colmos sería que se atrevieran con las Memorias de Saint-Simon, probablemente el monumento literario más friqui de la historia de la humanidad.

domingo, 31 de agosto de 2008

Tokio blues


Parece ser que Murakami tiene una legión de fieles, aunque entre la crítica literaria levanta cierta suspicacia, un poco como le pasa a John Irving; después de leer Tokio blues puedo entender tanto el entusiasmo (prácticamente me la he leído de un tirón este finde) como las suspicacias. La novela es una bildungsroman moderna, o sea, peterpanesca, como parece obligado tras El guardián ante el centeno, una de las referencias que se citan a menudo en el libro. El protagonista, Watanabe, reconstruye sus años de juventud, veinte años atrás, guiado por los recuerdos que le trae Norwegian wood, la canción de los Beatles que da título al libro (sabe Dios por qué en España se lo han cambiado), y que escucha mientras aterriza en Alemania. Sensible y solitario, los personajes que aparecen a su alrededor, muy bien trazados, parecen incapaces de entrar en la vida adulta y prefieren el suicidio o la locura antes que afrontar responsabilidades (en el mejor de los casos optan por el cinismo emocional más devastador). En cualquier caso Murakami muestra mucha más simpatía por esos postadolescentes inteligentes, más o menos prtenciosos, inmaduros y de una fragilidad emocional pasmosa que por los activistas políticos (estamos a finales de los años 60), a los que se diría que guarda un rencor y un desprecio sin límites. Esta apología romántica de las incertidumbres vitales de los veinte años (y que la mayoría de los personajes no logra superar) ha debido de ganar para su causa a todos los adolescentes sensibles del planeta, pero no me extraña que este casi elogio del suicidio (¿tantos adolescentes se suicidan en Japón?) tenga sus detractores.

martes, 19 de agosto de 2008

GOETHE & STENDHAL


Contra la extraña manía de nuestra época de ensalzar autores de segunda convenientemente desconocidos, o de glosar los aspectos marginales de los grandes (ese interés por publicar cualquier carta o papelillo o esbozo o lista de la compra de los escritores asentados en el canon), nada tan eficaz como volver a las obras maestras, a los textos acabados y revisados y dados por definitivos por sus hacedores (basta ya de tanta apología de la obra inacabada!). Bueno, pues estos días me he leído el Werther (inducido por Susana), y tras él ando enganchado a La Cartuja de Parma, ambos libros en la estupenda colección de Letras Universales de Cátedra, que lleva unos veinticinco años publicando una especie de colección de obras obligadas de la Literatura Universal, con el detalle añadido de centrarse en lo que llamamos cultura occidental.
Volver a los textos de siempre (esos que uno da por sabidos) da sorpresas. En el caso del Werther, ha sido tropezarme con la inclusión de unas inmensas parrafadas de Ossian justo en el clímax del relato, en el último encuentro del prota con Lotte, antes de que se vuele la cabeza. Ossian es uno de los fraudes más divertidosde la historia de la literatura, y aunque, al parecer, hubo eruditos que se olieron la tostada desde el principio, los románticos cerraron filas en su defensa, y vemos aquí al sosias de Goethe (no hace falta leerse la introducción para ver que la novela es archiautobiográfica, aunque está más construida de lo que podría parecer a primera vista) abandonar su Homero por el bardo pseudocelta. El Werther fue un best-seller europeo avant la lettre, y sembró una legión de jóvenes más o menos desesperados, y al parecer puso de moda el suicidio en toda Europa (en La Cartuja de Parma, escrita unos sesenta años después, un personaje amenaza con volarse la sesera por una pasión no correspondida, aunque el tono con que se describe es algo irónico), además de hacer famoso a su autor de por vida. A pesar de centrarse en la pasión obsesiva que Werther desarrolla por Lotte, una agradable y sensible muchacha que no sabe muy bien qué hacer con la que le ha caído encima, el libro describe una personalidad bastante moderna en su insatisfacción permanente y "demoníaca", que Goethe desarrollaría en la que es considerada su obra maestra (o una de las formas más prestigiosas del tedio, que dijo Borges), Fausto.
Otro aspecto a reseñar es la visión de la naturaleza que Werther tiene, que bascula entre lo sublime (es fácil ver de donde sacó Kant las características de esa categoría estética) y lo terrorífico; y en el mismo párrafo pasamos de percibir en un paisaje un orden cósmico grandioso a una carnicería sin fin ni sentido; y la verdad es que no hemos salido de ahí.
Y acabo de leerme el celebérrimo pasaje de la batalla de Waterloo de La Cartuja de Parma, en la que el adolescente perplejo e idealista que es Fabricio del Dongo es asaltado por infinidad de sensaciones inconexas, incomprensibles o triviales, y sólo semanas después se entera de que ha estado en el meollo de la madre de todas las batallas, Waterloo. Fabricio es un personaje también muy moderno: con una carencia importante en el campo paterno (magníficamente simbolizada en la duda que le corroe frente a su experiencia fundacional en el campo de batalla:¿ha entado o no en combate?, sin que encuentre una autoridad que pueda ponerle nombre a lo que ha vivido), es una especie de agujero negro que atrae el deseo de todas las presencias femeninas con que se topa, siendo el mayor de todos el incestuoso de su tía (de la que, para escándalo de mis lectoras, diré que viuda y con 31 años, decide retirarse a un castillo a vivir un apacible "comienzo de vejez").

jueves, 31 de julio de 2008

DICKENS, O EL EPÍGONO PRECURSOR

Tras unos días en el camping de Motril, con mis compañeras también entregadas a la vida lejos de la Metrópoli y el blog abandonado, vuelvo con fuerzas más o menos renovadas para retomar su vena más pedante. Y empiezo con un par de citas de Borges (creo, porque una regla no escrita es que no consulto nada en el google, con lo que los errores serán numerosos). La primera es la de que el Quijote le gustaba más en su traducción inglesa. Se ha escrito un montón sobre la entusiástica recepción en Inglaterra de la novela de cervantes, y aquí ya hemos comentado algo a propósito de Sterne. Dickens era otro cervantino de pro, y el Pickwick se puede considerar un remake a la inglesa, con el prota empeñado en ser un caballero inglés de tebeo, aunque el personaje realmente genial es Sam Weller, el criado que Pickwick se agencia en el primer tercio de la narración, y que se come el libro y al resto de protagonistas.
La otra cita se refiere a que todo gran escritor crea sus propios precedentes, frase que se suele ilustrar con el ejemplo de Kafka, que es el que voy a emplear aquí. Kafka era dickensiano como Dickens era cervantiano, y hay páginas del Pickwick, referidas al funcionamiento de la justicia, que están indudablemente en el germen de El proceso y El castillo. Dickens odiaba la justicia, y se nota porque su inquina rompe la ironía y la sátira que predominan en el tono de la novela, y la furia se impone a cualquier prevención normativa. Tal vez sea Kafka el que nos ayude a leer esas páginas de Dickens como oscuros delirios visionarios y paranoicos, pero esa visión de la justicia tan propia de Kafka ya estaba en el escritor inglés.

sábado, 28 de junio de 2008

Pickwick



"Hay pocos momentos en la existencia de un hombre en que este experimente tan lamentable angustia y encuentre tan escasa conmiseración caritativa como cuando va en persecución de su propio sombrero. Para alcanzar un sombrero se requiere mucha frialdad y un grado especial de discernimiento. Uno no se debe precipitar, pues lo pisará; no debe caer tampoco en el extremo opuesto, pues lo perderá por completo. El mejor modo es mantenerse gentilmente a la altura del objeto de la persecución, ser prudente y cauteloso, acechar bien la oportunidad, pasar poco a poco delante de él, y entonces dar un ataque rápido, agarrarlo por el ala y encajarlo firmemente en la cabeza; todo este tiempo sonriendo agradablemente, como si uno considerara que es una broma tan buena como cualquier otra."

No recuerdo si era Kafka o Pessoa quién lamentaba no poder repetir la experiencia de leer Los papeles del club Pickwick por primera vez, cosa que no es de extrañar si atendemos a lo que para el lector promete José María Valverde, traductor de la edición que tengo entre manos: "un largo rato lleno de una serena, tierna y desbordada felicidad". El impulso definitivo para enfrentarme a las casi mil páginas de la primera novela que publicó Dickens (de cuyas entregas semanales se cuenta que eran tan ansiosamente esperadas en Estados Unidos que la gente en Nueva York acudía a los muelles a esperar la llegada del barco que las traía de Inglaterra) vino de Chesterton, que en la recopilación de artículos que El Acantilado publicó bajo el título de Correr tras el propio sombrero dedica varios a glosar (magníficamente) las virtudes del narrador inglés en general, y del Pickwick en particular, al que también identifica prácticamente con una de las formas de felicidad en este mundo. Y como sólo llevo cien entretenidísimas páginas, dejo de escribir y me voy al sillón a continuar leyendo.

domingo, 22 de junio de 2008

Fin de semana con Sterne



Como conviene tener una reserva de grandes obras para leer en la jubilación, nunca le he hincado el diente al Tristam Shandy de Sterne, pero el fin de semana pasado, aprovechando que jugaba España, me fui a la Feria del libro y me compré la preciosa edición que el Funambulista había publicado no hace mucho del Viaje Sentimental, el relato inacabado que el bueno de Laurence publicó poco antes de morir, a la que me he dedicado este calurosísimo fin de semana (en el que también juega España, por cierto). Las ganas de leer este libro me vienen de un personaje que aparecía en una de las novelas oxfordianas de Javier Marías (que siempre dice que el mejor libro que ha escrito es, precisamente, el Tristam Shandy, cuya traducción para Alfaguara le valió el Fray Luis de León), y que consideraba que era el mejor libro escrito nunca, elogio tal vez algo exagerado, aunque posee una mezcla de melancolía (es un libro evidentemente otoñal) y joie de vivre que lo hace irresistible. El protagonista, Yorick, evidente trasunto del autor, se embarca en un viaje por Francia (país en el que la novela de Sterne tuvo una acogida entusiasta) donde tendrá varios encuentros sobre todo con mujeres, tan sensuales como inverosímilmente castos. Sterne fue un escritor tardío, pero los años que dedicó a su gran obra le sirvieron sin duda de aprendizaje acelerado, porque en el Viaje sentimental (casi su otra única obra) se mueve con soltura y seguridad pasmosa entre diferentes géneros y registros, lo que justifica que de todos los escritores ingleses del XVIII sea el más perdurable y leído hoy en día.

martes, 17 de junio de 2008

Saroyan


Dentro de la pléyade de estupendas pequeñas editoriales que han crecido como setas desde que se anunció la muerte de la edición y de las pequeñas librerías, El Acantilado es tal vez la más destacada a la par que veterana (hasta donde yo sé, es una especie de filial de una casa madre catalana). Aparte de una serie de impronunciables nombres de escritores centroeuropeos, ha vuelto a poner en la lista de superventas a Joseph Roth y, sobre todo, a Stefan Zweig. Otro de los escritores que está dando a conocer es Saroyan, novelista norteamericano de origen armenio, del que no había leído ni me había tropezado con nadie que lo hubiera hecho hasta que Armando Leal me comentó de pasada que era de esos autores de los que leía todo lo que pillaba. El otro día me tropecé con Cosa de risa en la biblioteca, y como era relativamente magro me lo leí este finde que andaba solo por Madrid. Resultó ser una novela vagamente extraña, en que el conflicto gira en torno a un pecado central, la infidelidad de una mujer casada que se queda embarazada a partir de una aventura que tiene con un colega de su marido, profesor universitario que parte dos meses para dar un curso y poder comprarse un coche. La novela se mueve en dos planos, uno externo en que se describen los movimientos de los personajes, y otro interior en el que tomamos nota de los abismos emocionales en que se mueven. Los diálogos están lejos de ser realistas, y los niños parecen oráculos o miembros de un coro de tragedia griega. Ese hecho nuclear acaba funcionando como una bomba cuya onda expansiva arrasa con todo el entramado social y familiar. Aunque ocurre en el presente (de la escritura, tal vez algo después de la Segunda Guerra Mundial), todo tiene cierto aura ancestral (una familia cuyos miembros masculinos se comunican en la lengua, un armenio que tiene la altura de un código sagrado, y que parece el único legado fiable que se puede transmitir a los hijos). La novela es desoladoramente triste, aunque transmite una curiosa energía. Y como mis compañeros tienen prisa por comer, dejo esta entrada hasta la próxima novela de Saroyan.

martes, 20 de noviembre de 2007

2666





Sigo leyendo el tochazo de Bolaño (más de mil páginas). Está compuesto de cinco libros con bastante independencia entre sí, aunque se cruzan ciertos temas y personajes. El primero tiene cierto carácter satírico, los protagonistas son profesores universitarios europeos obsesionados con un escritor alemán aquejado del síndrome de Pynchon (no hay fotos suyas, nadie le ha hecho nunca una entrevista), lo que les permite viajar por toda Europa asistiendo a congresos literarios y entregándose a variaciones sentimentales. Al final acaban en un periplo más o menos delirante en un pueblo industrial de la frontera de México y EEUU, donde emerge el verdadero tema de la novela, perfectamente ceñido por la cita de Baudelaire que abre el libro:


" un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento"


El horror emerge en la forma de los asesinatos en serie de mujeres. Este tema va adquiriendo más peso en el siguiente libro, que gira en torno a un profesor universitario español afincado en Santa Teresa (nombre de la ciudad mexicana, que no sé si existe, aunque es obvio que se trata de Ciudad Juárez) que tiene una hija en edad "asesinable", sobre la que van creciendo presagios inquietantes. El tercer libro sigue a un periodista negro que, tras la muerte de su madre (¿un guiño a Camus?), se embarca en un viaje de trabajo a Santa Teresa para escribir una crónica de un combate de boxeo. Allí conoce a la hija del profesor del libro anterior, en unas compañías poco recomendables, de las que consigue escapar en el últinmo momento, y contacta con una periodista que consigue atrapar su interés hacia los asesinatos. El cuarto libro se ocupa directamente de los crímenes. Si Rosa (la chica que ha aparecido en los dos últimos libros) escapa salvada por el periodista negro, peculiar paladín, no ocurre lo mismo con las mujeres que son asesinadas en esta parte central del libro (literalmente central, el libro tiene 1100 páginas y este capítulo ocupa de la 400 a la 700). El horror estalla totalmente. La lista de asesinadas es interminable, algunas mueren a manos de su novio o su chulo, pero la mayoría responden al mismo patrón: pelo largo, sus cuerpos aparecen en un basurero, son violadas anal y vaginalmente (así aparece reflejado literalmente siempre, la novela adopta el punto de vista forense para describir los crímenes), y a menudo se cita un coche negro con las ventanillas tintadas, auténtico carro de la muerte. Algunas de las muertas permanecerán en el anonimato siempre, de otras conocemos una pequeña biografía. Las hay niñas, maduras, embarazadas. La lectura bordea lo insoportable. Entre medias conocemos los entresijos de la corrupta policía de la ciudad (en una escena se detiene a las compañeras de una prostituta asesinada. Un recién llegado al cuerpo policial oye gritos en la comisaría, cuando baja a los calabozos se queda de piedra viendo a sus compañeros violando a las detenidas; de este tenor es esta parte del libro). A su vez, se relata las hazañas de un profanador de iglesias, un maníaco que entra a mearse y a defecar en los altares. En cierta manera, la desacralización de los templos y el brutal asesinato de las mujeres pertenecen al mismo universo: la mujer es tratada como un trozo de carne, y luego eliminada como un desperdicio excrementicio, mezclada con la basura; una negación brutal del carácter sagrado de la mujer. El carácter completamente infernal que adquiere la ciudad aquí recuerda un poco al de James Ellroy, aunque Bolaño es mejor escritor y más honesto. Y en esta parte estoy.

domingo, 11 de noviembre de 2007

La muerte lenta de Luciana B

Mercedes me ha pasado un libro de un escritor argentino para mí desconocido, Guillermo Martínez, aunque según lo que leo en la solapa (donde se le define sin rubor como "un autor de referencia de la literatura contemporánea") debo de ser el único mortal que permanecía en la ignorancia acreca de tan preclaro escribiente. La muerte lenta de Luciana B. es un divertimento cuyo origen es obvio, aunque la bibliografía que acompaña a la novela ayuda a discernirlo, ya que ahí averiguamos que Guillermo tiene un libro sobre Borges (y la matemática). Y es que esta nouvelle es una especie de variación extendida de un relato de Borges, al que se cita más de una vez (la novela está llena de citas explícitas, que funcionan como pistas evidentes para que el lector aprecie el juego). Así, tenemos abundantes reflexiones sobre el azar y la necesidad, y sobre el escritor como demiurgo menor de mundos paralelos que acaban conectándose con el mundo real; hay referencias a sectas gnósticas más o menos de pacotilla y a distintas teorías acerca de la creativadad artística; y el relato se estructura con un montón de simetrías y estructuras dobles: en varios episodios se apunta a que Kloster y el narrador son la misma persona, o dos variaciones de la misma persona separada por 10 años (prácticamente tienen la misma experiencia con Luciana cuando trabaja para ellos, el narrador recoge la vida solitaria y apartada de Kloster cuando éste se entrega a una vida pública desenfrenada, los dos escritores parecen conocer sorprendentemente todo lo que escribe el otro), los mismos que separan a Luciana de Valentina, que es descrita al final explícitamente como un doble (algo mejorado) de su hermana mayor, que como en el retrato de Dorian Gray pareece haber cargado con todo el peso de la tragedia familiar precisamente para que su hermana resplandezca.
El problema de la novela, al margen de frase como "librado a las fuerzas de la entropía" para decir que el cuarto estaba desordenado, es que los personajes son marionetas necesarias para que la estructura narrativa avance, pero no tienen nada de vida (lo mjismo que en los relatos de Borges, todo hay que decirlo). El libro es un puro artefacto, y el interés que provoca es mecánico; hasta la acumulación de referencias que buscan hacer cosquillas intelectuales en el lector cómplice resulta cargante. Tal vez para sacar musculatura profesional funcione, o como descanso entre obras de más entidad, pero desde luego no anima a seguir la trayectoria del señor Martínez.

lunes, 29 de octubre de 2007

Baudelaire, para Mercedes


Al Lector

La estupidez, el error, el pecado, la angustia
ocupan nuestras almas, trabajan nuestros cuerpos,
y alimentamos nuestros blandos remordimientos,
como los pordioseros nutren a sus gusanos.
Nuestros pecados, tercos; nuestro arrepentir débil;
con creces nos hacemos pagar las confesiones,
y volvemos alegres al camino fangoso,
creyendo nuestras manchas lavar con viles lloros.
En la almohada del mal es Satán Trigemisto
quien largamente acuna nuestro encantado espíritu,
y el precioso metal de nuestra voluntad
íntegro lo evapora este sabio alquimista.
¡Es el Diablo quien tiene los hilos que nos mueven!Atractivo encontramos en cosas repugnantes;
cada día al infierno descendemos un paso,
sin horror, a través de tinieblas que apestan.
Cual pobre depravado que besa y que devora
el seno flagelado de una antigua ramera,
robamos al pasar un placer clandestino
que muy fuerte exprimimos como naranja vieja.
Apretado e hirviente como un millón de helmintos,
un pueblo de demonios se harta en nuestros cerebros,
y cuando respiramos la Muerte a los pulmones
baja, invisible río, con apagadas quejas.
Si el estupro, el veneno, el puñal, el incendio,
no bordaron aún con graciosos dibujos
el banal cañamazo de nuestro ruin destino,
¡ay! es que nuestra alma no es bastante atrevida.
Pero entre los chacales, las panteras, las perras,
los buitres, las serpientes, los monos y escorpiones
los monstruos gruñidores, aullantes, trepadores,
en la infame circo de nuestros propios vicios,
¡hay uno que es mas feo, mas malo, mas inmundo!Aunque no gesticule ni gritos profiera,
hará con placer de la tierra una ruina
y en medio de un bostezo se tragaría al mundo;
¡Es el TEDIO!Los ojos cargados de un llanto involuntario,
él sueña con patíbulos, mientras fuma su pipa.
Tú conoces, lector, al monstruo delicado,
-¡Hipócrita lector, -mi prójimo, -mi hermano!

Bolaño en el metro

El jueves o el viernes me saqué 2666 del bibliometro de Moncloa. La chica que lo atendía tuvo el detalle de darme un mes de plazo (lo habitual en el bibliometro son dos semanas) dado lo voluminoso del libro. El caso es que hace unos años (ya hace unos años de casi todo) me empecé a leer Los detectives salvajes, tras la avalancha de elogios que al Bolaño le caían de todos lados (básicamente desde el País vía Vila- Matas, y desde Quimera), pero al rato lo dejé, pues no me interesó lo más mínimo. Con 2666 probablemente dure algo más, aunque no creo, porque hace siglos que soy incapaz de terminarme una novela (una novela o cualquier otro tipo de libro).
Lo compagino con unos de los (también bastante gordos) tomos del diario de Trapiello. Me he saltado varios años desde el último que me leí, lo que no tiene demasiada importancia, porque el diálogo se ha ficcionalizado definitivamente, y a lo que asistimos es a una novela en primera persona en la que uno tiene la impresión que el personaje narrador se ha desprendido definitivamente del autor, o al menos hay un decalage notable entre ellos (impresión que se tiene cuando el autor -aparentemente- real emerge en el relato, negando la imagen del narrador)