

En Hitchcock, por ejemplo, el acceso al cuerpo femenino es mucho más complicado, desde luego, para no hablar de la relación con la madre. Es significativo que en sus películas los personajes masculinos no suelan tener compañeros, amigos, figuras paternas o, simplemente, mayordomos (esa figura clave del cine clásico). En cualquier caso en ambos cineastas las mujeres son las reinas absolutas de los espacios interiores, si bien un abismo separa a las siniestras mansiones hitchcockianas de los acogedores (aunque habitualmente frágiles y precarios) hogares fordianos, allí donde Mary Kate sueña con colocar toda la memoria histórica (femenina) de su linaje, esos muebles que representan "300 años de sueños felices".
Monstruos modernos me lo leí casi entero mientras hacía tiempo a que empezase la proyección de Los amantes crucificados, una de las películas más conocidas de la década prodigiosa de Mizoguchi, la de los 50 (a la espera de que se vayan redescubriendo las otras, por ahora pasto de iniciados, que cuentan que también están plagadas de obras maestras). A la salida entablé una animada controversia con mi mujer, que veía en la película la desesperación de una mujer que descubre que todo el mundo que le rodea, sin excepción, está habitado por la mentira, mientras que yo defendía que es la historia de una mujer que no renuncia a su deseo, lo que lleva a la destrucción de todos los lazos sociales, si bien habría que decir que cada uno se fijó en partes diferentes de la peli.
Creo que a Mizoguchi se le va la mano a la hora de pintar tan negativamente al marido: tacaño, irascible, infiel, acosador, egoísta, cobarde...Un punto de compasión renoiriana le habría venido bien al presentarlo como alguien que también está encadenado a un tejido axfisiante de convenciones sociales. Por lo demás, el film es otra pasmosa prueba de las alturas por donde se movía el director japonés, alguien que parecía tocado por la gracia divina para desarrollar el precepto baudeleriano de ser sublime sin interrupción.
Allí destacan los rostros "cansados" de Lancelot y Arturo, frente al angelical de Gawain y el de absoluto felón de Mordred. Lancelot du lac es un film bastante opresivo y pesimista, la historia de una sociedad en su últimos momentos, a punto de derrumbarse por la quiebra que provoca en su seno el deseo de la única mujer que la habita, Ginebra, el punto del relato que focaliza todas las miradas. Aunque siempre hablamos del estilo y la puesta en escena, Bresson era un gran guionista, la estructura de sus películas está muy cuidada y sus diálogos son magníficos y se mueven en todos los registros, desde lo más banal a lo más significativo.
La admiración que suscita Bresson entre sus colegas hace que sea uno de los directores más influyentes de la historia del cine; es posible rastrear sus huellas en productos de tercera categoría de gente que no conoce su obra, como en el relato de Borges se podría ascender por la cadena de influencias hasta dar con la sublime fuente. En cualquier caso Bresson estaba libre del tic de lo bressoniano, y sus secuencias muestran una libertad mayor de lo que uno suele suponer: desde luego no todo ocurre fuera de campo o metonímicamente (en el mismo principio de Lancelot vemos en un plano americano como un caballero le arranca la cabeza a otro de un certero mandoble, lo último que uno podría esperar en una de sus pelis). La verdad es que el director con quien más similitudes le encuentro es Hitchcock, opinión esta supongo que delirante, pero en la que me reafirmo cuando veo las películas de ambos.
Como plato único Bresson me parece peligroso, que es lo que me está pasando a mí, no aguanto ninguna otra cosa, que todo me parece retórico y ampuloso.
Desgraciadamente no he visto el film de Rivette sobra Juana de Arco, ayer me pasé por el Instituto Francés a ver si lo tenían en dvd y no estaba, en su lugar me cogí el libro de Péguy Los misterios de la caridad de Juana de Arco. Péguy es un escritor poco leído en España, creo yo, sin embargo es una presencia constante en el cine del Godard de los últimos años (así como Simone Weil), un escritor obsesionado por la justicia, que dedicó mucha energía a defender a Dreyfuss, incluso cuando esté lo abandonó, de tan radical que era su postura. La figura del héroe injustamente condenado jalona la historia de Occidente, están sus héroes fundacionales, Sócrates y Jesucristo, dos maestros de la oralidad que no se tomaron la molestia de escribir nada, pero cuyo recuerdo, recogido por reverenciales discípulos, planea sobre nuestra cultura, ambos obsesionados por la justicia y muy insolentes también con los tribunales que les juzgaron, también los dos, como Santa Juana, acompañados de una voz divina que les merecía más respeto que la turbamulta que los condenó.
No es de extrañar la fascinación que esta doncella fálica ejerce sobre el imaginario de Occidente, una mezcla de San Jorge y de Antígona, la verdad es que viendo la película uno entiende que la Iglesia y el poder secular se deshicieran de ella para elevarla a los altares años después, nada más incendiario que el verbo de una doncella capaz de arrastrar masas por encima de todos los poderes de este mundo.
Y lo mismo cabría decir del protagonista, Elmer Gantry, un viajantre embaucador y tramposillo que a la vez es bastanta ingenuo (o irresponsable), el típico sinvergüenza que cae simpático, a lo que ayuda, sin duda, la elección como intérprete de un volcánico Burt Lancaster, un actor que parece incapaz de transmitir un sustrato obsceno. El caso es que si Elmer se une a la pandilla de sinceros evangelistas se debe a la muy loable y comprensible intención de ligarse a una luminosa Jean Simmons, la Falconer carismática que se mueve como pez en el agua en territorio rural pero que se muestra aterrada cuando tiene que enfrentarse al babilónico público urbano, donde se precipita la tragedia final, que no voy a desvelar, claro (un ejemplo de gran guión, en cualquier caso).
La trayectoria de Elmer Gantry resulta similar a la del general de La Rovere, alguien que acaba descubriendo que la máscara que adopta es más "verdadera" que cualquier discurso "interior" que se cuente a sí mismo, lo que le permite acometer, finalmente, un improbable y verdadero gesto heroico y alcanzar la estatura de un héroe cristiano con su particular calvario (Brooks se toma la molestia de mostrar un plano detalle de un látigo para que la referencia quede clara).
Hay una figura paterna (un tío) que se opone a los planes del joven héroe, lo que le obliga a hacerse a la mar para buscar fortuna, tendrá que enfrentarse al engaño de un amigo, pero su buen corazón y hacer le permitirá superar obstáculos y llevar a buen puerto sus designios.
Hasta ese momento la rapariga loira ha sido sobre todo una imgen fascinante, entrevista tras un abanico y dedibujada tras una cortina (la viva imagen del fantasma), pero es cuando la relación está a punto de consumarse (en el momento paradigmático de elegir el anillo que selle su compromiso) cuando emerge lo que de real y deseante hay en la mujer, la singularidad del título que no voy a desvelar, aunque tampoco hay demasiado suspense a propósito de ello (desde el principio se nos cuenta que es una historia desdichada). Con el típico humor oliveriano, que tanto nos mola a sus admiradores y tan incomprensible resulta a sus detractores (ellos se lo pierden), la peli se acaba en el momento en que el protagonista descubre la mancha en su objeto adorado y lo rechaza, de vuelta a la narración la cámara ha abandonado el tren, al que observa alejarse desde un puente, con la idea implícita de que la narración probablemente continuará, pero ya sin nosotros de espectadores.
El papel femenino estrella, la princesa del cuento, le cae a la algo insulsa Claudia Cardinale, que sale de esta guisa, perennemente escotada y marcando pecho, y bastante sudada siempre, que eso tiene el desierto. Su partenaire es un Jack Palance que tampoco desmerece en sosería, lo que es una pena porque se hubiera necesitado alguien con más chicha para llenar su papel, el de un mítico revolucionario aparentemente reconvertido en delincuente y al que los profesionales admiran abiertamente (y con el que combatieron en los días románticos de la revolución).
Otro de los valores del film es su fisicidad, como transmite la tortura implacable del sol del desierto, de los bruscos cambios de temperatura, la incomodidad de los campamentos al aire libre, lo agotador de las marchas. Brooks se trabaja también la ambientación, creando un mundo a la vez nuevo (los ferrocarriles hollando tierras vírgenes) y desgastado, como ese campamento tan precario que parece el grado cero de una comunidad, o esos héroes que parecen huérfanos de una causa, y andan empantanados en el cinismo para ocultar su melancolía.