miércoles 11 de noviembre de 2009

Derivas


Ayer me cogí Nocilla Lab para leer en el metro, pensando que, como las anteriores nocillas, estaría compuesta de breves fragmentos, y me encontré con que el primer capítulo consistía en una larga y sinuosa frase a lo Bernhard de setenta y tantas páginas, frase/capítulo que me he leído de un tirón esta madrugada (el mejor momento para leer, antes de que toda la casa y toda la ciudad se despierte y llene el mundo de ruidos), porque anoche, cuando volví del trabajo y de una rápida visita a Susana para ver a su hijo de casi tres meses y que siempre llora cuando estoy delante aunque su madre me jura que con el resto de la humanidad se ríe muchísimo, cuando volví del trabajo y de la visita a Susana, decía (aunque me equivoqué de andén en el metro y lo cogí en dirección contraria y no me di cuenta hasta que llevaba varias estaciones pasadas, tan enfrascado estaba en la lectura del último Nocialla), me puse a escuchar la retransmisión del Madrid-Alcorcón junto a mi hijo mayor, ya que los dos somos colchoneros, igual que la mayoría de los compañeros del programa donde trabajo ahora, y que como todos los seguidores del Atlético estamos convencidos de que el Madrid no es un equipo de fútbol sino una entidad mítica e indestructible, y que siempre gana y nunca sufre derrota, y a pesar de que todos los años tenemos la prueba empírica de que esto no es así en cada ordalía se renueva esta creencia y pensábamos que esta vez sería igual y que el Madrid eliminaría al Alcorcón, así que para evitar decepciones no nos pusimos a escuchar el partido hasta avanzada la segunda parte, cuando ya era evidente que era difícil que los multimillonarios asalariados del multimillonario Florentino y su secuaz Valdano eliminasen a los proletarios del Sur de Madrid.


Antes de ayer, sin embargo, decidí verme una película a las seis de la mañana, no sé por qué elegí El proceso de Juana de Arco, que me había sacado de la biblioteca de mi barrio en el convencimiento de que no me la vería, una película que había visto hace mucho y de la que no recordaba nada, salvo que todo ocurría en una sala en la que una chica contestaba a lo que le preguntaban. La chica que interpreta a Juana de Arco se llama Florence Delay, y siempre se muestra insolente en el tribunal ante el obispo que la interroga y los siniestros ingleses que maquinan a sus espaldas, aunque en la soledad de su celda se derrumba y se echa a llorar. No hay retratos de Juana de Arco, aunque el cine ha elegido casi siempre actrices hermosas para interpretarla, Florence es guapísima y uno desea ser uno de esos soldados que la vigilan fascinados, o incluso el malvado inglés que la espía sin descanso y que, convencido de que la fuerza de arrastre de la futura santa y heroína idolatrada de los refinados y tumultuosos cenáculos del catolicismo francés radica en su virginidad, planea un complot para violarla. La película de Bresson es tan hermosa que uno desearía que durase siempre, o al menos lo que el famoso proceso duró en realidad, pero cuando Juana/Florence sube al cadalso y ves que la película va a terminar crees que no es posible, que sólo ha durado veinte minutos, aunque en realidad dura una hora, y eso que da para mucho porque Bresson impone un ritmo endiablado a los interrogatorios, que se suceden a velocidad de vértigo, filmados en unos precisos contraplanos que impiden que el espacio de la santa sea hollado por sus antagonistas.



Desgraciadamente no he visto el film de Rivette sobra Juana de Arco, ayer me pasé por el Instituto Francés a ver si lo tenían en dvd y no estaba, en su lugar me cogí el libro de Péguy Los misterios de la caridad de Juana de Arco. Péguy es un escritor poco leído en España, creo yo, sin embargo es una presencia constante en el cine del Godard de los últimos años (así como Simone Weil), un escritor obsesionado por la justicia, que dedicó mucha energía a defender a Dreyfuss, incluso cuando esté lo abandonó, de tan radical que era su postura. La figura del héroe injustamente condenado jalona la historia de Occidente, están sus héroes fundacionales, Sócrates y Jesucristo, dos maestros de la oralidad que no se tomaron la molestia de escribir nada, pero cuyo recuerdo, recogido por reverenciales discípulos, planea sobre nuestra cultura, ambos obsesionados por la justicia y muy insolentes también con los tribunales que les juzgaron, también los dos, como Santa Juana, acompañados de una voz divina que les merecía más respeto que la turbamulta que los condenó.

No es de extrañar la fascinación que esta doncella fálica ejerce sobre el imaginario de Occidente, una mezcla de San Jorge y de Antígona, la verdad es que viendo la película uno entiende que la Iglesia y el poder secular se deshicieran de ella para elevarla a los altares años después, nada más incendiario que el verbo de una doncella capaz de arrastrar masas por encima de todos los poderes de este mundo.

lunes 9 de noviembre de 2009

Elmer Gantry



La hoja informativa que facilita la Filmoteca nos informa de que esta película de Richard Brooks es "una visión del sueño americano despiadada y mordaz", "una virulenta crítica al fundamentalismo religioso" y "la radiografía más cáustica jamás vista en una pantalla del fundamentalista religioso y del preacher bribón", para acabar definiéndola como "el film más desencantado, nihilista de Brooks".
Tras verla, sólo me caben dos hipótesis: o los autores del libro escribieron de memoria y se confundieron al entrar en wikièdia y leyeron la reseña de la novela de Sinclair Lewis en vez de la que corresponde a la película, o (la hipótesis más probable) lo que antecede corresponde a los prejuicios de los autores y no a lo que se ve en la pantalla, si bien hay una explicación intermedia, y es que el encargado de escribir sobre Elmer Gantry se leyó el libro, al parecer bastante agresivo, y la impresión contaminó la recpción del film.
Porque la mirada de Brooks sobre el mundo evangelista es bastante limpia y honesta, si bien está claro que le parecen marcianos (de hecho, esa mirada está inscrita en el tejido del film mediante el personaje del periodista Lefferts, el clásico intelectual agnóstico que mira atónito y fascinado el espectáculo de la troupe evangelista, pero que siente una sincera simpatía -y compasión- por ellos). Y es que la vida que nos muestra la película está lejos de ser sencilla; si bien es cierto que los espectáculos bíblicos que vemos son bastante cirquenses, hay que recordar que la vida del circo no es sencilla, y menos debía serlo en los entornos rurales norteamericanos en los años previos a la gran depresión.
Brooks no esconde la avidez económica de los evangelistas, pero nos la muestra como una necesidad de supervivencia más que como una estafa. Por otro lado, si la predicación y el espectáculo se mezclaban, probablemente se debía a que esas obscenas sesiones tenían que cubrir todas las necesidades de unas comunidades aisladas y analfabetas: los evangelistas les proporcionaban chistes, diversión, espectáculo, y también palabras bellas y terribles.


Y lo mismo cabría decir del protagonista, Elmer Gantry, un viajantre embaucador y tramposillo que a la vez es bastanta ingenuo (o irresponsable), el típico sinvergüenza que cae simpático, a lo que ayuda, sin duda, la elección como intérprete de un volcánico Burt Lancaster, un actor que parece incapaz de transmitir un sustrato obsceno. El caso es que si Elmer se une a la pandilla de sinceros evangelistas se debe a la muy loable y comprensible intención de ligarse a una luminosa Jean Simmons, la Falconer carismática que se mueve como pez en el agua en territorio rural pero que se muestra aterrada cuando tiene que enfrentarse al babilónico público urbano, donde se precipita la tragedia final, que no voy a desvelar, claro (un ejemplo de gran guión, en cualquier caso).

La trayectoria de Elmer Gantry resulta similar a la del general de La Rovere, alguien que acaba descubriendo que la máscara que adopta es más "verdadera" que cualquier discurso "interior" que se cuente a sí mismo, lo que le permite acometer, finalmente, un improbable y verdadero gesto heroico y alcanzar la estatura de un héroe cristiano con su particular calvario (Brooks se toma la molestia de mostrar un plano detalle de un látigo para que la referencia quede clara).

domingo 8 de noviembre de 2009

Las singularidades de Oliveira


(Advertencia: los que no hayan visto Singulardades de un muchacha rubia -y estén interesados en hacerlo, claro- se encontrarán con muchos datos del argumento)
La última película de Oliveira es un mediometraje de poco más de una hora que adapta un relato de Eça de Queiroz, al que se homenajea de varias maneras. Es de una sencillez tal que es probable que resulte complicada. Comienza con un plano de un tren en el que un revisor requiere amablemente los billetes. En una esquina de la imagen descubrimos a Leonor Silveira, durante muchos años actriz ineludible del director, pero desplazada en los últimos tiempos por actrices más jóvenes. Así que deducimos que tendrá un papel en la trama, pero no el principal (que, a raíz del título, suponemos que corresponderá a una muchacha joven y rubia). Y así es, tras el largo plano inicial pasamos a Ricardo Trepa y a Leonor, y entramos en materia por las bravas. Él, un desconocido, le pide permiso para contarle su historia, que será la que se desarrollará en el film.



A lo que asistimos es un pre o proto-relato, su mínima expresión: un joven descubre a una chica de la que se enamora, y tendrá que superar algunas pruebas hasta conseguirla. Para remarcar esta especie de primitivismo o esencialidad, Oliveira recurre a su afición a la frontalidad y al despojamiento retórico en las interpretaciones.




Hay una figura paterna (un tío) que se opone a los planes del joven héroe, lo que le obliga a hacerse a la mar para buscar fortuna, tendrá que enfrentarse al engaño de un amigo, pero su buen corazón y hacer le permitirá superar obstáculos y llevar a buen puerto sus designios.


Hasta ese momento la rapariga loira ha sido sobre todo una imgen fascinante, entrevista tras un abanico y dedibujada tras una cortina (la viva imagen del fantasma), pero es cuando la relación está a punto de consumarse (en el momento paradigmático de elegir el anillo que selle su compromiso) cuando emerge lo que de real y deseante hay en la mujer, la singularidad del título que no voy a desvelar, aunque tampoco hay demasiado suspense a propósito de ello (desde el principio se nos cuenta que es una historia desdichada). Con el típico humor oliveriano, que tanto nos mola a sus admiradores y tan incomprensible resulta a sus detractores (ellos se lo pierden), la peli se acaba en el momento en que el protagonista descubre la mancha en su objeto adorado y lo rechaza, de vuelta a la narración la cámara ha abandonado el tren, al que observa alejarse desde un puente, con la idea implícita de que la narración probablemente continuará, pero ya sin nosotros de espectadores.

viernes 6 de noviembre de 2009

Touch of evil




Ayer por la noche, aprovechando que éramos pocos en casa, y fiel a mi infatigable espíritu didáctico, le puse a mi hijo el comienzo de Sed de mal, uno de los planos (secuencia) más famosos de la historia del cine, que al margen de su espectacular complejidad técnica tiene la virtud de centrar los temas que desarrolla el film, ese juego de espejos y dobles obscenos que se inscriben mediante el motivo de la frontera y de los matrimonios interraciales. En el centro del plano y del film se encuentra la pareja de (muy) recién casados formada por la candorosa y optimista Susie (una guapísima Janet Leigh) y Vargas (un Charlton Heston más que estimable), probo, eficaz y honesto policía mexicano. Rumbo a su luna de miel, ya de entrada sufren la contaminación de la pareja formada por un industrial y una prostituta, que se cruzan con ellos constantemente según se acercan a la frontera. Como se recordará, es en el instante en que Susie se abalanza sobre su marido para besarle cuando esa otra pareja en espejo vuela por los aires. A partir de esa primera demanda en el campo del sexo de parte de la mujer, una catarata de males se derramará sobre ellos.


El caso es que Vargas sale corriendo abandonando a Janet leigh para zambullirse en un paisaje apocalíptico de llamas y chatarra retorcida. Es en ese momento cuando hace su aparición Quinlan/Welles, el desmesurado y obsceno policía del otro lado de la frontera que se postula desde el principio como más allá de la ley, una especie de sol negro a cuyo alrededor gira una cohorte de admiradores, a la que se suma el propio Vargas, que si bien se enfrenta a él no duda en abandonar a su mujer cada vez que Quinlan le requiere, que suele ser siempre que Susie le reclama. Así, camino de la famosa secuencia del motel, donde ella espera por fin comenzar o consumar su vida conyugal, un coche se cruza con ellos exigiendo a Vargas que se vaya con su doble norteamericano.
Y de esta guisa se queda la somnolienta Susie, medio dormida toda la jornada a la espera de su marido. No es de extrañar que en ese espacio onírico lo que haga su aparición sea el fantasma, no su honrado esposo mexicano sino una horda de adolescentes hispanos que, supuestamente, irán a violarla. Porque lo más extraño del film es que nadie parece ser capaz de atender la demanda en el campo del goce de esa fascinante mujer que se mueve en un espacio poblado por hombres. Hasta Grandi, el doble mexicano de Welles, el padre de la horda que domina a toda la familia y es el verdadero dueño del espacio de la frontera, cuya autoridad Vargas ha desafiado encerrando a su hermano, es incapaz de montar nada más que una mascarada de goce siniestro, un simulacro de orgía. A la postre, su aparente posición de omnipotencia se desenmascara como falsa y grotesca, ese rostro terrible de payaso que Susie se encuentra cuando despierta.




Si hago tanto hincapié en la figura femenina del film es porque creo que esa carencia en el campo del goce femenino está directamente relacionada con la insuficiencia de la postura del demiurgo Welles en su universo, de la que se habla mucho más. Hay un plano, hacia el final, bastante feo pero muy significativo: Quinlan aparece en un primer plano, pero el espacio está ocupado sobre todo por una enorme cabeza de toro disecada rodeada por banderillas. Esta visión megalómana de sí mismo como un ser mítico, un totem sacrificial, es la que puede estar en el origen de esa proverbial incapacidad de Welles para finalizar sus películas, lo que le ha dado un aura romántica que ha alimentado su leyenda pero que hace que siempre haya algo indefiniblemente insatisfactorio en sus películas (o al menos esa ha sido mi experiencia en las últimas revisiones que he hecho de La dama de Shanghai y de Ciudadano Kane); si bien aclaro que hablo de la Champion League cinematográfica: Sed de mal es fascinate y te deja clavado en el sillón, pero no llega a las alturas de Vértigo o Centauros del desierto, por poner ejemplos de películas que se hicieron por las mismas fechas por un director al que (según creo) Welles detestaba (Hitchcock), y otro al que admiraba muchísimo (Ford).


jueves 5 de noviembre de 2009

Apología de Sócrates I, o el arte de buscarse enemigos


"Casi con certeza que con estas palabras me consigo enemistades, lo cual es una prueba de que digo la verdad"
Apología de Sócrates, 24 a
Con esta chulería terminaba Sócrates la primera parte del primer discurso que dirigió a la asamblea que debía votar acerca de su culpabilidad, en el que es uno de los juicios más famosos de la historia. Por lo leído, en Atenas no había jueces ni fiscales, cualquiera podía elevar una acusación (en este caso se conocen los nombres porque Sócrates los cita) y el acusado estaba obligado a elevar una defensa (debo obedecer la ley y hacer mi defensa, 19 a) ante un concurridísimo jurado de 500 personas.
La Apología consta de tres discursos, separados por una elipsis que corresponde a los dos refenrendums (ya estaba de moda lo de la segunda vuelta), de los que siguiendo las inquebrantables normas de este blog no daremos el resultado, aunque doy por hecho que todo el mundo lo conoce. La idea es leer el primero, hasta el momento en que Sócrates interroga a uno de sus acusadores, Meleto; un diálogo que dejaremos para la semana que viene y que es divertidísimo (yo me lo imagino como una entrevista de Caiga quien caiga).
En este comienzo Sócrates se defiende de los rumores que le prodigaban sus detractores (que debían de ser muchos, tantos como sus partidarios) y cuenta la anécdota que todo el mundo conoce, la del oráculo de Delfos que lo nombraba como el hombre más sabio de Atenas. Sócrates cuenta, con bastante sorna, como se puso a interrogar a los que consideraba (y eran considerados) sabios (hoy diríamos expertos), empezando por los políticos:
"Me dirigí a uno de los que parecían ser sabios(...). Ahora bien, al examinar a éste(...) experimenté lo siguiente, atenienses: me pareció que otras muchas personas creían que ese hombre era sabio y, especialmente, lo creía él mismo, pero no lo era. A continuación intentaba yo demostrarle que él creía ser sabio, pero que no lo era. A concecuencia de ello, me gané la enemistad de él y de muchos de los presentes." 21, a-b
Tras agotar ese filón se dirigió a los poetas, de los que comenta que
"casi todos los presentes podían hablar mejor que ellos sobre los poemas que ellos habían compuesto." 22 b
Para acabar con los artesanos, que no salen mal parados pero que
"incurrían en el mismo error que los poetas: por el hecho de que realizaban adecuadamente su arte, cada uno de ellos estimaba que era muy sabio también respecto de las demás cosas." 22 d
Y esto creo que es suficiente para animar a la lectura de Platón, apenas 10 páginas de nada.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Los profesionales


Contaba Roberto Cueto en la presentación del libro que sobre Richard Brooks han publicado la Filmoteca Española y el Festival de Cine de San Sebastián que Los profesionales era un film de poderosa carga política, aunque el común de los mortales (la plebe, vamos) podía disfrutarla simplemente como un estupendo film de aventuras. La verdad es que sólo alguien como un crítico de cine o, ya puestos, un historiador de las ideas es capaz de tomarse en serio esta peli como un discurso político que vaya más allá del tebeo, si bien alguna paginilla se puede rellenar acerca del cambio de punto de vista que acerca de la revolución mexicana reflejó el cine americano en los sesenta. Cualquier espectador con dos dedos de frente se lo pasará pipa con esta revisitación del protorrelato por antonomasia, la princesa raptada por el dragón (o el ogro) y su rescate a manos del aguerrido héroe, bien rodeado de una fiel cuadrilla. Esto se cruza con una variación manierista del Tristán e Isolda (manierista porque a la postre el rey, en este caso hacendado acaudalado, acaba siendo el personaje más obsceno de la trama, o más bien lo es desde el principio, como se lo huelen los protagonistas y el espectador nada más verlo), y ya tenemos una agradecidamente compleja trama que suma géneros a cada tramo, y que asume con naturalidad las tensiones del cine de la época entre el agonizante clasiscismo y lo que se suele llamar las nuevas escrituras. Los profesionales prefigura Grupo Salvaje, sin que esto signifique subordinación alguna en cuanto a calidad.


Lee Marvin y Burt Lancaster se comen la pantalla y derrochan carisma en el papel de eficaces mercenarios y desencantados revolucionarios que no pueden evitar a última hora un postrer gesto ético. Brooks se toma mucho interés en mostrar que son verdaderamente competentes, y a cada rato nos los enseña (a ellos y a sus compañeros de fatigas) limpiando meticulosamente las armas u ordenando los avíos o almacenando comida o montando un campamento.



El papel femenino estrella, la princesa del cuento, le cae a la algo insulsa Claudia Cardinale, que sale de esta guisa, perennemente escotada y marcando pecho, y bastante sudada siempre, que eso tiene el desierto. Su partenaire es un Jack Palance que tampoco desmerece en sosería, lo que es una pena porque se hubiera necesitado alguien con más chicha para llenar su papel, el de un mítico revolucionario aparentemente reconvertido en delincuente y al que los profesionales admiran abiertamente (y con el que combatieron en los días románticos de la revolución).

Otro de los valores del film es su fisicidad, como transmite la tortura implacable del sol del desierto, de los bruscos cambios de temperatura, la incomodidad de los campamentos al aire libre, lo agotador de las marchas. Brooks se trabaja también la ambientación, creando un mundo a la vez nuevo (los ferrocarriles hollando tierras vírgenes) y desgastado, como ese campamento tan precario que parece el grado cero de una comunidad, o esos héroes que parecen huérfanos de una causa, y andan empantanados en el cinismo para ocultar su melancolía.

martes 3 de noviembre de 2009

Platon on line


La reciente lectura de la Apología de Sócrates y el Critón (diálogos tan amenos como breves), junto con la confesión epistolar de Susana de que dejó de interesarse por la filosofía en COU, me ha llevado a la iniciativa de organizar un grupo de lectura de Platón en la red, empezando por los diálogos que giran en torno a la muerte de Sócrates.


El primer diálogo será la Apología (que más que un diálogo es un monólogo, con una divertida excepción). Para mañana dejo las pautas, la idea es escribir una entrada semanal, en la que se fije el fragmento que se vaya a leer (nunca muy largo), y escribir comentarios sobre la lectura. Debo aclarar que yo soy un absoluto principiante en el tema, y que la información la sacaré de las ediciones que manejo (Gredos) y de wikipedia; y no hace falta decir que está abierto a todo el mundo.

lunes 2 de noviembre de 2009

Aforismo(s)

"El misticismo es el secreto de la cordura"

(Chesterton, Ortodoxia)


(Hace unos años, en algún bar de, según recuerdo, Gijón, durante la celebración del Festival de cine, en animada charla con Carmen Jiménez, en aquel entonces jefa de prensa de Alta, le comenté que los hijos te anclan en la cordura, frase que le gustó tanto que, desde entonces, siempre que me presenta a alguien me introduce como el autor de esa sentencia, que se ve que le gusta repetir -de hecho, considerándola una especie de modesto regalo, yo no la he vuelto a utilizar-. Con la esperanza de que la frase cobre vuelo por sí sola, anoto aquí su procedencia en la esperanza de pasar a la posteridad como el maestro oral con la obra más exigua de la historia)

sábado 31 de octubre de 2009

Para hablar de Wittgenstein en sociedad


Para Susana, que ahora no tiene tiempo de leerse el Tractatus


El tractatus es uno de los libros de filosofía más famosos del siglo XX, y hasta los que no son conscientes de ello conocen su punto 7, ése al que vuelve siempre Fernández Mallo en la cálida compañía de los pezones:
"Aquello sobre lo que no se puede hablar, acerca de eso se debe callar"
("Wovon man nicht sprechen kann, darüber muss man schweigen", la traducción es mía y deliberadamente poco "española", la edición que manejo - Alianza editorial, Jacobo Muñoz e Isidoro Reguera- prefieren un más fluido "De lo que no se puede hablar hay que callar")
El Tractatus consiste en una serie de aforismos organizados como una tesis doctoral: punto 1, 1.1, 1.11...3,261, y habla del mundo y su decibilidad:
1.1 El mundo (die Welt) es la totalidad de los hechos (Tatsachen), no de las cosas (Dinge)
3.221 A los objetos sólo puedo nombrarlos. Los signos hacen las veces de ellos. Sólo puedo hablar de ellos, no puedo expresarlos. Una proposición sólo puede decir cómo es una cosa, no lo que es.
Antes de cerrar el libro con el punto 7 (tras el que, obviamente, nada puede ser escrito), W, empieza a meterse en berenjenales:
6.522 Lo inexpresable, ciertamente, existe. Se muestra, es lo místico
(Para W. el ámbito de la metafísica no era inexistente sino inexpresable, algo bastante diferente)

Poema 20.1 de Joan Fontaine Odisea, del wittgensteiniano Fernández Mallo:

"Cada mañana el mismo verso repetido,
composición porcentual o por 100 gr.
en la caja de Kellog's.
De un tiempo a esta parte existe la manía
de escribir lo prosaico en columna.
Lo dijo Parménides, todo está
lleno de Ente, y también,
el Ente está penetrado en el Ente."

(Negritas mías, cursivas del autor)

viernes 30 de octubre de 2009

Nocilla party


En esta sala tuvo lugar la presentación de Nocilla Lab, para cuando llegamos las gradas estaban llenas y nos sentamos en primera fila. Los dos Fernández estaban en la puerta, saludando a conocidos, y como en toda presentación que se precie un pequeño mostrador tenía ejemplares del libro para animar a la compra. En una barra más concurrida daban botellines de Carlsberg a todo el que quería, que eran (éramos) muchos.




De esta guisa era la instalación, una pantalla donde se proyectaban imágenes de diversa procedencia (yo sólo reconocí un fragmento de Taxi driver, pero también salieron videoclips, anuncios y videojuegos), una mesa, un par de ordenadores, un par de flexos, un par de botellas de agua.


Porque eran dos los Fernández que actuaban, Mallo y Porta. Leyeron fragmentos de la novela, poemas de Mallo, textos teóricos ad hoc y todo resultó un poco pretencioso, entre otras cosas porque la acústica del local era bastante mala y se ve que estos chicos no han dado clases de dicción ni declamación, por lo que el efecto buscado se quedaba a medio camino, aunque por la cara de arrobamiento que se apreciaba en la numerosa concurrencia femenina igual esta apreciación es puramente subjetiva. De fondo sonaba música electrónica, y en un momento dado pincharon un tema de los Smiths, lo que me recordó que, aunque aquello tenía el aire entre desafiante y arrogante de una toma de postura adolescente, Mallo tiene mi edad (42 años), aunque se gaste ese aire de jovencillo despistado.



La verdad es que si las Nocillas funcionan bien como texto de culto para iniciados (o sea, para tirarse el rollo entre snobs -como yo-), elevarlas a paradigma literario dominante me parece que es hacerle un flaco favor; desgraciadamente (para ellas) parece que los siempre perezosos medios de comunicación han decidido concentrar en Mallo todas las virtudes de la figura del escritor "moderno", con lo que se ahorran el trabajo de conocer otros.



De vuelta a casa me encontré con este aterrador anuncio en la marquesina de la parada de autobúa que flanquea mi portal; me acerqué curioso pensando que era un gore de una psicópata caníbal o algo por el estilo, pero es un anuncio de algún ministerio de Zapatero, con una admonición a las parejas para que no se peguen entre allas (maltrato cero, como se dice en la pedestre sintaxis zapateril)