




"Cuando hoy leo sobre escritores actuales que pasan por supermodernos y “rupturistas” y “mutantes”, no puedo evitar reírme: no sólo nacen la mayoría anticuados porque repitan fórmulas ya gastadas y estériles de los años setenta, sino que, al lado de Aliocha Coll, que lleva dos decenios enterrado, sus propuestas son cuasi galdosianas, por mucho “ciberespacio” que metan en sus obras tan perecederas. Me temo que son carne de tan pronto olvido como el propio Aliocha Coll, con la salvedad de que él nunca estuvo de moda ni fue jaleado por los tuertos críticos, y por tanto jamás pudo abandonar ese olvido al que se entregó deliberadamente."
Los peligros de la droga

"El ganador de 4 Grammys latinos Ramón Ayala fue detenido en diciembre, junto con los músicos de su banda Los Bravos del Norte, acompañados de 24 sexoservidoras (eifemismo poético con el que se nombra a las prostitutas) acusados de complicidad con el crimen organizado por encontrarse en una fiesta organizada por uno de los grandes capos de la droga. Los músicos y las putas fueron los únicos detenidos."
(La literatura del narco, por Marc Caellas, en el último número de Quimera)

Los padres lo pierden en cuanto entran los japoneses, y por el camino aparecen otras figuras paternas menos amigables, una especie de pícaro algo sinietro y poco fiable, norteamericano (interpretado por Malkovitch), un doctor británico honesto y algo insuficiente, que le hará conocer la muerte, aunque el chaval delire la omnipotencia (los británicos están en el film invadidos por la melancolía y cierta inmovilidad, frente a los bulliciosos y marrulleros norteamericanos), y el cruel (sin pasarse) kapo japonés del campo de internamiento. En resumen, una decepción, y aquí la solvencia de Spielberg va en contra del resultado, porque tira de oficio para salvar los muebles, y se acaban notando mucho los trucos.



Aprovechando que hay un ciclo de la Hammer en el Círculo de Bellas Artes quería llevarme a mis hijos a ver el Drácula de Terence Fisher, visto lo que les había interesado la adaptación teatral de la novela de Stoker que vimos hace pocos meses. Pero como el pase era el viernes, día que está impepinablemente destinado al botellón adolescente, ritual al parecer de carácter sagrado, acabé yendo solo, pensando que iba a ver Drácula, príncipe de las tinieblas, para encontrarme con Horror of Dracula, otra variación sobre el vampiro aristócrata que Fisher había rodada casi una década antes. Supongo que esta película la he visto en la tele de pequeño, porque hay un par de imágenes que recordaba perfectamente.
Horror of Dracula es como un concentrado de cámara, con pocos personajes y pocos decorados, apenas dura 80 minutos, y es magnífica. Habitada por violentas pulsiones incestuosas (y no solo de los "malos"), la versión del personaje es la clásica de Amo Siniestro del Goce Femenino, trazada de una manera tan precisa que hay secuencias que podrían servir de introducción al psicoanálisis. Y como me he tropezado en youtube con una de las más memorables del film, que resulta una de las más poderosas recreaciones de la fantasmática escena primordial (en su versión más "demoníaca) que se puedan ver en una pantalla, paso a glosarla. Es una versión en alemán, pero el fragmento que comento es casi mudo. Jonathan Harker (que aquí se hace pasar por bibliotecario pero sabemos que va a matar a Drácula) se ha retirado a su habitación y descubre que le han encerrado. Adormilado ante la chimenea, se despierta al escuchar un ruido, comprueba que la puerta está abierta y un ruido parece guiarle hacia la biblioteca. Allí se encuentra con una atractiva y enigmática mujer que ya se le había "aparecido" previamente, y que le pide ayuda para escapar de Drácula mientras se le ofrece de manera inconfundiblemente erótica. Harker queda prendado en la trampa del objeto de deseo, y la mujer le pega un mordisco. En ese momento hace su aparición Drácula, que separa violentamente a la pareja, igual que en el Edipo la función del padre es separar al hijo del objeto absoluto de deseo, la madre. Drácula ejerce de padre omnipotente y no tiene problemas para deshacerse de Harker, que no puede hacer otra cosa que observar impotente como Drácula se lleva a la mujer a su alcoba. En el siguiente plano Harker vuelve a estar en su dormitorio, en el momento de despertarse, y comprueba que la puerta sigue cerrada. Aunque la escena primordial haya sido delirada, su inscripción en Harker es real, en forma de incisión en el cuello.
http://www.youtube.com/watch?v=bqdJx3adE0A
Por supuesto, aquí no hay castración simbólica: Drácula no ejerce de destinador simbólico, sino de amo incestuoso, de padre de la horda que acapara a todas las mujeres (de hecho, no conoce nada del orden de la diferencia sexual, porque al primero que se merienda es al propio Harker -que, por cierto, le da un aire a Butragueño, anotación sin ningún valor teórico pero que me hizo mucha gracia-). Fisher filma el encuentro de Drácula con sus víctimas, Lucy y Mina, como una noche de bodas, con sus alcobas abarrotadas y esos camisones victorianos con su punto erótico, los rostros femeninos anhelantes e inquietos. Como bonus final, un desenlace sorprendentemente rápido, acostumbrados como ya estamos a esos clímax interminables con que nos torturan los realizadores y productores de nuestros días.




Probablemente Abraham Bomba sea el personaje más memorable de Shoah, uno de los peluqueros judíos encargados de cortar el pelo a las prisioneras en Treblinka, en el interior mismo de las cámaras de gas. En el film, Abraham cuenta su experiencia mientras le corta el pelo a un cliente, en la peluquería el resto del personal no deja de trabajar y la puerta se abre para dejar entrar a otros hombres que se quedan algo sorprendidos de lo que ven (un equipo de cine, luces.,,,), aunque acaban quedándose dentro. Bomba habla con un peculiar e hipnótico inglés, del que se diría que han desaparecido las inflexiones emocionales. Lanzmann cuenta en sus apasionantes memorias como oyó hablar de este superviviente y lo buscó durante meses, sabía que trabajaba en Nueva York pero su nombre no aparecía en ningún listín ni directorio profesional. Tras dar con él lo convenció para que diera su testimonio a cámara, pero pasaron dos años antes de que pudiera rodarlo, y para entonces Abraham había dejado Estados Unidos y se había marchado a Israel. Nueva búsqueda, nuevo encuentro, largas conversaciones y el rodaje. Bomba se había jubilado, pero decidieron que la conversación tuviera lugar en una peluquería (de hombres), mientras (simulaba que) ejercía su oficio.
El momento de la quiebra del discurso de Abraham es tal vez el más grande de la película, en palabras de Lanzmann "las lágrimas de Abraham eran para mí preciosas como la sangre, el sello de la verdad, su encarnación misma", y a continuación define la piedad como "el imperativo categórico de la búsqueda y transmisión de la verdad."
Como el fragmento habla por sí solo, no tiene sentido comentarlo. Está en Youtube, donde también he encontrado el testimonio de Abraham Bomba para la Fundación que recoge testimonios de los supervivientes del Holocausto, testimonio que al parecer dura más de tres horas.
(Sigo completamente enganchado a las Memorias de Lanzmann, a la apasionante narración de como rodó Shoah; por ejemplo, las secuencias con la cámara oculta. El libro se va a publicar próximamente en Seix Barral. Si alguien sigue este blog, cuento que he dejado a Stephen King en la página 120 de It, harto de la hipertrofia narrativa y de la redundancia expresiva)






Desde luego, una imagen más verdadera (que no verosímil) que la de los cuadros de la exposición. Cleopatra se pasa la mayor parte del film recostada, y rodeada de una cacharrería hiperfemenina, mientras que Roma es la virtud estoica y masculina, con tanta columna enhiesta por todas partes y tanta sobriedad en el vestir. De Mille articula un poco a lo bestia esta dicotomía, aunque hay que decir que no opta por ninguna de las dos: en la mirada final que le dirige Octavio queda claro que su renuncia a lo que Cleopatra representa (en el film, algo del orden de lo dionisíaco) supone una pérdida irreparable.

Mary es una película tan militantemente cristiana que sospecho que el atrevimiento se le perdona a Ferrara sólo por la fama de maldito y yonqui que le acompaña. Hay dos personajes masculinos manifiestamente deficitarios que "fallan" a sus respectivas mujeres: un director megalómano que acaba de realizar una película sobre la vida de Jesús (aquí hace una pequeña trampa Ferrara, porque la película cuyos fragmentos vemos es una adaptación del Evangelio gnóstico de María, en el que Jesús prácticamente no sale), y que ha dejado al borde del abismo a su actriz principal, muy afectada por el papel que ha interpretado (el de María Magdalena), y un presentador de un programa que está asentando su fama y que lleva a cabo una serie de emisiones sobre la figura de Jesús, mientras deja abandonada a su mujer a punto de dar a luz para visitar la cama de una colega.

Contra lo que podría esperarse, la actriz dejada a su suerte por el director no se despeña en la locura (como ocurre, por ejemplo, en Muholand drive), e inicia un peregrinaje espiritual que la lleva al corazón de una Jerusalén retratada como centro a la vez de la sabiduría y de la violencia. Como es habitual en el cine contemporáneo, la figura del director de cine es la más negativa, alguien narcisista al que el contacto con las palabras sublimes de la figura de Cristo no afectan en absoluto, para acabar encerrado a solas con las sombras imaginarias de su film.
Por contra, el presentador será capaz de abrirse a la palabra redentora a través de la figura de Juliette Binoche/María Magdalena (Ferrara se apunta a las corrientes teológicamente corectas que reivindican el lado "femenino" del cristianismo, y hasta filma a unos contra-apóstoles femeninos liderados por María Magdalena), y así, renunciando a su ciego egoísmo, es capaz de recuperar in extremis a su mujer y a su hijo.
Ferrara se atreve (y sale victorioso) con tan espinoso argumento, y hasta rueda una de las imágenes más directamente epifánicas de la cultura judeocristiana, el encuentro entre María y Jesús tras la crucifixión, secuencia que abre la película y que señala el tema central de Mary, la posibilidad de filmar lo infilmable, en este caso la Palabra en el campo de lo Sublime.