sábado, 11 de febrero de 2017

Narcisismo y ritual

Cuando el cinéfilo llega a los 50 años abundan más las decepciones que las alegrías (otra manera de decir que tengo 50 años), así que me llena de orgullo y satisfacción contar que fui el otro día a ver una peli sin esperar mucho y que salí encantado. La película es Jackie, de Pablo Larraín, y se estrena en breve en España. 

La protagonista es la mujer de Kennedy en el aspecto concreto, y el sujeto en un plano abstracto. Narrativamente pivota sobre tres momentos: Jackie muestra a las cámaras de la televisión cómo y por qué razón ha adecentado su nuevo hogar, más conocido como la Casa Blanca; Jackie deambula por ese mismo hogar durante los días que median entre el asesinato de su marido y el funeral que le organiza(n) y Jackie concede una entrevista para fijar su imago de superviuda heroica para la posteridad. Traducido: el sujeto está instalado en el narcisismo y se cree omnipotente, modificando a su antojo espacios y relatos construidos a su alrededor, el sujeto sufre un shock al chocar contra un acontecimiento en el caos de lo real, el sujeto intenta procesar ese shock a través del ritual, y finalmente  consigue recomponer su imagen narcisista, paro acusando el precio pagado por esa experiencia: el yo es consciente de su inmensa fragilidad. En este caso es la experiencia de la muerte, pero en otros muchos relatos es el encuentro sexual el que aniquila el paraíso narcisista en el que el ego tiende a instalarse.

Como Jackie es una película moderna, nos asalta la duda: ¿sobrevive el sujeto a ese trauma disgregador? Bueno, pues sí y no; tira para alante pero uno acaba convencido de que está un poco loca, o al menos bastante inestable. En cualquier caso el film anota claramente que los rituales en nuestros días han perdido esa eficacia simbólica de la que nos hablaba Levi-Strauss.