Estas navidades he podido verme dos de las películas europeas más renombradas de los últimos años, La muerte del señor Lazarescu y Érase una vez en Anatolia, que tienen numerosos puntos en común: duran casi lo mismo (dos horas y media), transcurren a lo largo de una única noche, la filmación en largos planos secuencia alimenta la impresión de que transcurren en tiempo real y, sobre todo, comparten tema: la radical desacralización de la muerte en nuestra sociedad, convertida en un enojoso trámite burocrático en el que el cuerpo real del difunto deja de ser un objeto sagrado pasa a convertirse en un resto excrementicio que hay que eliminar para que no perturbe la fluidez del papeleo.
martes, 14 de enero de 2014
lunes, 23 de diciembre de 2013
Moisés en Chile
Freud sacó mucho partido en su celebérrimo y extraordinario ensayo Moisés y la religión monoteísta de la tartamudez de su protagonista, un defecto también clave en la no menos célebre ópera de Schoenberg Moses und Aron (para los que no sepáis alemán traduzco: Moisés y Aarón) que yo, para qué os voy a engañar, he sido incapaz de oírme entera en disco, pero que gracias a la versión que hicieron los Straub para la televisión (así como lo cuento: hubo una época en que las televisiones públicas encargaban cosas como una ópera de Schoenberg a Straub y Huillet, y no es la única) conozco enterita, lo que es una suerte, porque al final de la misma hay un diálogo genial entre Moisés y su hermano (por cierto, que sin música, no sé si es una obra inacabada) en el que el profeta se muestra atormentado porque la experiencia epifánica y sublime de la Palabra se convierte en el portavoz en que se ha erigido su hermano en pura charlatanería que, sin embargo, y para su sorpresa, opera sobre el mundo como si verdaderamente estuviera sustentada por una presencia divina.
La estupenda No viene a ser una variación chilena y contemporánea de esa tensión entre la experiencia inefable y su inevitable traición al convertirse en palabras, si bien en ese caso la verdad de la experiencia no viene del ámbito de lo sagrado (definitivamente clausurado en la modernidad) sino del horror, que ya se sabe que es el único espacio que en nuestros días tiene el acrisolado prestigio de lo incontestable.
Reminiscencias
Todos coincidíamos a la salida del pase de Inside Llewyn Davis en que los Coen eran irregulares y que unas nos gustaban bastante más que otras; lo curioso es que diferíamos completamente en nuestras favoritas, que había hasta quién encontraba muy superior True Grit a No es país para viejos, para escándalo y estupor de quien esto escribe.
Ésta última gustó bastante, aunque a mí me parece demasiado melancólicamente correcta, con esa pátina de pesimismo de buen gusto que te garantiza buenas críticas en los ambientes cool y premios en las listas indies. Como todo el mundo sabe, trata de un cantante folk que no ve venir el terremoto Dylan; Weinrichter la define como la versión Coen de La vida de Brian. Lo más interesante es el retrato de un artista que supuestamente se entrega a la transmisión de un legado cultural, pero que vive completamente desarraigado, asaltando los sofás y las parejas de sus amigos. La película es un muestrario de figuras paternas contemporáneas que van de lo ridículo a lo afásico, el protagonista, consecuentemente, huye del compromiso de la paternidad.
Resulta curioso que al hilo de Inside... no se haya hablado de una película con la que comparte bastantes elementos, Love with the proper stranger (Amores con un extraño), en la que Steve McQueen es un músico que tiene que buscar dinero para que aborte una chica (Natalie Wood) a la que ha dejado embarazada tras un encuentro casual, una película tan hermosa como sorprendente (por el cambio de registro que el desarrollo de la historia provoca) que bien merece ser revisitada.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Estrenos
Para que no se oxide el teclado, o se acartone, o lo que sea que haga el plástico cuando no se usa, voy a hablar de algún estreno de esta semana, que para sorpresa mía me he visto varias de las cosas que han hecho su aparición en la cartelera este puente (supongo que la razón es que dado que hay doscientas o trescientas pelis nuevas por semana, lo raro sería no conocer ninguna).
Le week-end y La grande bellezza transcurren en las dos metrópolis europeas en las que la presencia del pasado es más abrumadora (París y Roma, respectivamente), y en ellas abundan los planos generales en los que los protas figuran enanos ante la majestuosidad de una herencia ante la que, obviamente, no dan la talla. Ambas remiten al cine de los sesenta a través de dos de sus directores más emblemáticos, Godard en el caso de Roger Mitchell (que da la impresión de que no ha visto la obra posterior del suizo) y Fellini en el de Sorrentino (que probablemente se sabe de memoria todos los planos que rodó aquel). Le week-end tiene gracia en la manera en que muestra las ancestralmente espinosas relaciones de los anglosajones con la intelligentsia gala, mezcla de admiración, envidia y horror, y lo mismo pasa respecto a la obra de Godard, a la que se homenajea a destajo pero manteniéndola a distancia: Mitchell parece tan enamorado de la nouvelle vague como contento de haberla dejado atrás. Tampoco deja de tener gracia este ejercicio de nostalgia por tiempos mejores e inalcanzables ejemplificados en Godard, un director que parte ya en su obra de la consciencia de haber llegado tarde a la historia del cine, cuando la era de los grandes maestros había quedado definitivamente atrás (lo que hace de Le week-end un divertimento decididamente menor).
El film de Sorrentino, por el contrario, tiene algo se monstruoso en su fagocitación del maestro italiano, al que no se sabe bien si homenajea o devora; en cualquier caso no tiene pudor en mostrarse como legítimo heredero de su legado. Al margen de citas y copias, La grande belleza repite el deambular de los personajes fellinianos (y también de Antonioni) , en una versión algo más trash, entre restos de una cultura sublime y atravesados por discursos vacíos: una religión cristiana inoperante que va dejando paso a relatos más absurdos como el espiritismo o el orientalismo new age, un compromiso político que sólo se utiliza para brillar en sociedad, el intercanbio de datos sobre la versión más canallesca de las relaciones sentimentales como sucedáneo de la amistad. Como en Fellini, aquí tenemos también momentos epifánicos que acaban apagándose, promesas de redención que acaban frustradas, nostalgia de maestros que atesoren un cierto saber, pero cuya aparición acaba sometida a la burla. Probablemente Sorrentino tenga razón al enarbolar con orgullo esta estética como todavía pertinente para hablar de nuestro presente; he comprobado que comparto con otros espectadores cierta incomodidad ante una obra que en muchos momentos me atrapa casi contra mi voluntad.
La jaula de oro es una magnífica película a la que su aire de docufición para cineclubes progres creo que va a pasar factura (por la pereza que he detectado entre alguno de sus potenciales espectadores). Asume con talento la condición de los textos contemporáneos de residuos o ruinas de los relatos míticos, erosionados por la virulencia de lo Real, en este caso la ausencia de Ley alguna en muchos de los territorios de nuestro tiempo. Así, la película es una relectura del Éxodo bíblico, el viaje a través del desierto (un México en el que la emergencia de los representantes de la ley puede ser tan letal como su ausencia completa) de unos adolescentes que quieren llegar a la Tierra Prometida (Los Ángeles, la Meca del imaginario occidental del último siglo). Diego Quemada-Díez (espeñol afincado en México, ninguno nos resistimos a contar que es de Burgos, lo que aplicado al cine parece el colmo del exotismo) logra que esa impronta mítica no se imponga arbitrariemnte desde fuera, sino que emerja de manera natural desde la propia peripecia de sus protagonistas.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Una guionista olvidada
Frederica Sagor-Maas (1900-2012),
hoy en el olvido como otros muchos pioneros del cine mudo, fue guionista en docena
y media de películas de los años veinte y treinta, cuando en Hollywood
daban sus primeros pasos William Wyler, Josef von Sternberg o Erich von
Stroheim.
En su
biografía, escrita a la edad de 86 años, describe el funcionamiento de los
grandes estudios cinematográficos por los que pasó, las miserias tras los
oropeles, los sueños rotos, los declives y olvidos. La crítica de los derroches
y abusos que sufrió o fue testigo se alterna con los recuerdos de sus orígenes familiares
(hija de judíos rusos emigrados a los USA) en un telón de fondo de
acontecimientos históricos: los locos años veinte, el "crack" del 29,
la Gran Depresión, la llegada del sonoro, la II Guerra Mundial, la Caza de
Brujas…
Culta,
inteligente, independiente, sus observaciones están inevitablemente sesgadas
por su condición de género, un obstáculo en una profesión dominada por los
hombres. Después de muchos reveses laborales y sufrir cómo “colegas” masculinos
se apropiaban impunemente de sus ideas, amparados por el statu quo dominante, decidió dejar el mundo del cine. Una
veinteañera ambiciosa y genial que transitó por caminos llenos de trampas y que
nos permite hacer, gracias a sus vivencias, una reflexión emocionante sobre la
autonomía emocional y laboral de una mujer del siglo XX.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Top ten 2013
Este fin de semana me he entregado a una de las ocupaciones más tediosas que en mi trabajo se pueden dar, que es acercarse a Huelva para coordinar el envío de la señal de la gala de clausura del festival de cine iberoamericano a Torrspaña para su posterior emisión a indecentes horas de la madrugada. Desde luego. el festival ha conocido mejores tiempos, y la misma noche del palmarés me encontraba en la emisión del canal 24 horas de TVE rótulos con la vencedora de Gijón y nada sobre Workers, que es la peli mexicana que se ha llevado el lo que sea de oro que se da por aquí (hasta citaban un premio asiático que le habían dado a Tsai Ming-Liang, director que, como es sabido, provoca disturbios entre sus numerosos fans españoles cada vez que se estrena una peli suya por estos lares, que es nunca, como es fácil de imaginar).
Una de las estrategias para sortear el aburrimiento ha sido elaborar la lista de mis películas favoritas del año que terminará en breve para Días de cine, que ya he pedido a su director, el gran Gerardo, que publique en la página web del programa las votaciones individuales para que a uno no le asocien con los demenciales resultados que resumen el estado de opinión del programa. Aquí van las mías, que tampoco es que asusten por su originalidad o radicalidad:
Películas extranjeras:
1- Tabú
2- The master
3- Un verano ardiente
4- Mud
5- En otro país
6- Mud
7- Nana/Perder la razón
8- La vida de Adele/Camille Claudel 1915
9- Laurence anyways
10- Django desencadenado/Lincoln/
12 años de esclavitud
Películas españolas:
1- Arraianos
2- Aquí y allá
3- La casa Emak Bakia
4- ¿Quién mató a Bambi?
5- Historia de la meva mort
6- El muerto y ser feliz
7- Stockholm
8- La herida
9- Mi loco erasmus
10- Vidrios partidos/A story for the Modlins
Supongo que no hace falta añadir que esta lista no refleja exactamente mis gustos, sino que entran en juego infinidad de factores a la hora de confeccionarla, desde la vanidad hasta el encono (por ejemplo, Laurence anyways aparece -en lugar de No, que me parece más interesante- como una broma privada, ya que hay un compañero que la detesta). En cualquier caso, como diría Albert Serra, no encontrarán una lista mejor que ésta, al menos dentro de Días de cine.
viernes, 22 de noviembre de 2013
Un guionista de Lubitsch
Para Mar, que me ha descubierto el libro
Herbert Marshall es un gran estafador que se hace pasar por un barón y Miriam Hopkins es una ladrona que se hace pasar por condesa. Durante su primera cita en la suite de Marshall, el romance nace al desenmascararse el uno al otro. Resulta que ella le ha birlado el reloj y la cartera, y él le ha robado a ella un valioso broche y, a saber cómo, también una liga que le ha quitado de debajo del vestido de noche. Era una idea inverosímil y que no cuadraba con la imagen de Marshall como rey de los ladrones. Pero Lubitsch se aferró a la idea y jugamos con ella hasta extremos delirantes.
Amistad, el último toque Lubitsch (Samson Raphaelson, Intermedio, 2013, traducción de Pablo García Canga) podría ser una obra maestra de ficción, digna del mejor Henry James: el retrato que traza un escritor mediocre de un creador genial al que no comprende por prejuicios culturales. Raphaelson era uno de esos escritores de teatro obsesionados con triunfar en Broadway que fueron llamados por Hollywood en los 30 para echar una mano a una industria que tenía que reconvertirse a marchas forzadas para afrontar la llegada del sonido (o más bien de los diálogos). El autor teatral comparte el complejo de superioridad que tenían sus colegas, que miraban por encima del hombro una industria que despreciaban.
Resulta enternecedora la ceguera de Raphaelson ante la brillantez (incluso sobre el papel) de una secuencia como la que describe, una de las mejores de la comedia clásica, y es fácil detectar el origen de esa ceguera, esa inverosimilitud que le echa en cara, y es que (como ocurre con tanto texto mediocre contemporáneo) el guionista confunde verdad con verosimilitud: si resulta (relativamente) inverosímil que Monescu le quite inadvertidamente la liga a Mariette, ese robo traza la verdad del deseo de ambos (que viene a ser el del espectador, motivo por el que la improbabilidad de la acción para nada interfiere en el disfrute de la película). Largo y tendido se podría hablar de los otros objetos robados, que trazan también el itinerario del deseo (sexuadamente diferenciado) de los dos protagonistas, por no hablar del recorrido que tendrán a lo largo de este film absolutamente genial las joyas, el dinero, la identidad y los relojes, pero eso requeriría una enciclopedia y no una breve entrada en un blog.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Proyecto de road movie
Recorrer las ciudades que, según la enumeración de Félix de Azúa en nota a pie de página, vieron el tiempo suficiente a Casanova como para tener noticia de alguna aventura suya:
Venecia
Padua
Corfú
Constantinopla
Ancona
Roma
Nápoles
Dresde
Praga
Viena
Lyon
Milán
Mantua
Cesena
Bolonia
Parma
Vincenza
Ginebra
París
Dunquerque
Amsterdam
La Haya
Munich
Colonia
Bonn
Stuttgart
Estrasburgo
Zurich
Baden
Berna
Basilea
Lausana
Aix-les-Bains
Grenoble
Avignon
Marsella
Metz
Antibes
Génova
Livorno
Florencia
Turín
Londres
Riga
Mitau
San Petersburgo
Moscú
Berlín
Wesel
Leipzig
Ludwigsburg
Aix-la-Chapelle
Ausburgo
Madrid
Toledo
Zaragoza
Valencia
Barcelona
Montpellier
Nîmes
Aix-en-Provence
Praga
Spa
Varsovia
Niza
Pisa
Siena
Sorrento
Trieste
Gorizia
Duchov
miércoles, 20 de noviembre de 2013
El show de Albert Serra
Las presentaciones de Albert Serra, al menos en España, están cortadas todas por el mismo patrón e incluyen números obligatorios: felicitar al público por asistir al pase de una buena película española (a veces añade "la mejor del año", ayer se conformó con calificarla como "la más original que cualquier espectador en esta sala vaya a ver esta temporada"), los actores profesionales son los seres más estúpidos que pueblan la tierra, su método de trabajo es la pera limonera y lo ha inventado él, y diversas variaciones del tema "yo molo mucho y el resto de cineastas son caca de la vaca". Con el paso del tiempo nuestro enternecedor enfant terrible va adquiriendo una vis cómica que hace de lo más ameno sus actuaciones en directo, y raro sería que no acabara haciendo monólogos en el club de la comedia; al menos ya contamos en España con alguien parecido a Godard, una figura que conjuga una obra tirando a minoritaria con una presencia pública un tanto clownesca.
Historia de la meva mort está más que bien, aunque a duras penas consigue su confesado propósito de aburrir al espectador: cuando uno está hasta las narices de ver deambular a un Casanova grotescamente anclado en la oralidad, gozando en la analidad más desaforada y desternillante, aparece el personaje de Drácula y la película tiene una parte final bastante hipnótica, si bien habría que considerar que lo otro del libertino ilustrado que fue Casanova no es el mito gótico-romántico de Drácula, sino la figura psicótica-racionalista de Sade.
martes, 19 de noviembre de 2013
Memoria y fotografía
Dos de las películas españolas más interesantes del año son mediometrajes que giran en torno a la construcción de la memoria a partir de la fotografía como huella (o residuo) de la historia. Por lo demás, A story for the Modlins, de Sergio Oksman, y Vidrios partidos, de Víctor Erice, tienen poco que ver: Oksman elabora una posible articulación narrativa (abiertamente ficcional) a partir de los restos de una indescifrable aventura familiar: un montón de fotos y papeles que aparecen en una caja de una calle de Madrid. Erice, por su parte, recoge los recuerdos de los trabajadores de una importante fábrica portuguesa de principios de siglo que fue arrasada por el devenir del capitalismo, recuerdos que fluyen en un registro a medio camino entre Straub y Jia Zhang-ke, figuras tutelares bastante explícitamente convocadas. Dos películas maravillosas.
lunes, 18 de noviembre de 2013
Una frase de Kafka en una novela de Philip K. Dick
Encontró la referencia que buscaba, pero parecía ya demasiado fatigado para enseñársela; se limitó a quedarse allí, sosteniendo el libro.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Blue Jasmine, o de como las malas intenciones también hacen un buen empedrado hasta el infierno
A estas alturas todo el mundo sabe que la última película de Woody Allen es un cruce del caso Madoff y Un tranvía llamado deseo (signo de los tiempos, aquí Kowalsky/Chili es un panoli considerable), y que transcurre en San Francisco. También es una de las películas más obscenas que he visto en los últimos tiempos: insta al espectador a disfrutar con el espectáculo de la aniquilación de un sujeto femenino desde una posición bastante canalla, sin que apenas el entramado dramático alcance a enmascarar el goce evidente del director a la hora de orquestar el trayecto de la insoportable Jasmine hacia la locura. Blue Jasmine transmite la embarazosa sensación de asistir a un enfrentamiento entre una pareja en la que salen a relucir detalles demasiado íntimos, sin que Allen le dé la menor oportunidad a su contrincante, aunque a la postre eso signifique arrojar una obra con muchas posibilidades al desagüe de la iniquidad.
viernes, 4 de octubre de 2013
La mujer que goza en el vacío
Ya sé que siempre digo lo mismo, pero es que los textos contemporáneos se empeñan una y otra vez en mostrar el goce femenino como un acontecimiento completamente autónomo del orden fálico, y habitualmente sesgado hacia el lado de la locura, si bien en Gravity el personaje masculino tiene ciertamente una intervención heroica de orden sacrificial (como ya ocurriera en la anterior incursión de Cuarón en la ciancia-ficción de autor. la estupenda Children of men) que permite a la heroína llevar a cabo un trayecto mítico de muerte y resurrección que la traslada del apocalipsis al renacimiento triunfal como diosa invulnerable en los albores de la creación, una vez limpiado el cosmos de la cacharrería tecnológica y de la presencia masculina, a la que aquí, al menos, se le agradece gentilmente los servicios prestados.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Variaciones sobre un mismo tema
La verdad es que lo que más me gusta del (estupendo) palmarés del Festival de San Sebastián es que me he visto todas las pelis premiadas; divisibles en dos grupos: los premios gordos (Pelo malo, La herida y Club Sandwich, que se ha llevado la mejor dirección), que giran en torno a parejas madre/hijo (hija, en el caso de La herida) en las que el padre brilla escandalosamente por su ausencia, y la pedrea (Le week-end, Quay d'Orsay y Caníbal), que retrata a personajes masculinos que fallan estrepitosamente en sus roles, si bien en un amplio registro que va de la farsa (Tavernier) al gore comedido de autor (Martín Cuenca).
Las tres primeras me parecen las mejores que se han visto, y seguramente yo las hubiera puesto en el mismo orden (a la de Eimbke se le nota demasiado el rollito minimalista resultón que siempre da el pego para colocarte en una selección oficial de un festival, mientras que las dos entronizadas son las más "vivas" que han pasado por aquí, con todos sus defectos). Las tres segundonas se ven bien (La de Tavernier es bastante divertida y su premio de guión era casi tan obvio como el de Marián Álvarez, que todos dábamos prácticamente por seguro desde antes del certamen, de la misma manera que se puede vaticinar su Goya con la misma seguridad con la que se puede afirmar que el Madrid no va a ganar nada esta temporada) y poco más.
Vi la mitad de Enemy (la otra mitad la pasé dormido), y me pareció el típico ejercicio manierista que sólo puede soportar un adolescente, con truquitos de parvulario en cada secuencia para desconcertar al espectador acerca de la identidad de un Dr Jeckyll, un infra-Lynch que, por otro lado, es algo más transitable que Devil's knot, un insoportable telefilm con ínfulas al que me acerqué porque me tocó entrevistar a un Egoyam que sigue en horas muy bajas. No muy por encima vuela Vivir es fácil, que a un retrato limitadísimo del franquismo añade esa lacra de la corrección política que es extirpar cualquier rasgo de virilidad de todo personaje masculino que se atreva a encarnar la posición paterna, con lo que ese profesor encarnado por Javier Cámara acaba siendo una especie de eunuco que no parece saber nada de la experiencia sexual.
sábado, 7 de septiembre de 2013
Holy cows
Un segundo visionado de Arraianos en la Sala Berlanga (un cine incomodísimo con una proyección digital fabulosa) confirma la película de Eloy Enciso como mi favorita española de este año. Construida a partir de la filmación de una obra de teatro gallega (para mí completamente desconocida) con actores aficionados y con técnica straubiana, el resultado parece que fue tal desastre que el director se replanteó todo el proyecto, volviendo al mismo espacio para rodar a los protagonistas en su entorno. En el film van quedando huellas de todas las fases, elaborándose como un yacimiento arqueológico en el que van aflorando distintos estratos que acaban cristalizando en una experiencia sensorial bastante hipnótica y que parece la ilustración perfecto del dicho rivettiano de que una película es el residuo de su rodaje.
A destacar la muy hermosa secuencia en que unas ancianas se arrancan a cantar canciones populares de su juventud que hablan de amores, sin que acaben de dar con la letra, hasta que una de ellas acierta a enhebrar un romance, el rostro surcado por las arrugas transfigurado por la historia que canta, la de un amor joven e inevitablemente desdichado, la historia de la vida de todas alles, mujeres seguramente filmadas por primera vez y a punto de desaparecer, una secuencia en la que emerge lo sublime a través de lo real de la erosión que el tiempo causa en los rostros y los cuerpos.
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