lunes, 11 de noviembre de 2013

Blue Jasmine, o de como las malas intenciones también hacen un buen empedrado hasta el infierno



A estas alturas todo el mundo sabe que la última película de Woody Allen es un cruce del caso Madoff y Un tranvía llamado deseo (signo de los tiempos, aquí Kowalsky/Chili es un panoli considerable), y que transcurre en San Francisco. También es una de las películas más obscenas que he visto en los últimos tiempos: insta al espectador a disfrutar con el espectáculo de la aniquilación de un sujeto femenino desde una posición bastante canalla, sin que apenas el entramado dramático alcance a enmascarar el goce evidente del director a la hora de orquestar el trayecto de la insoportable Jasmine hacia la locura. Blue Jasmine transmite la embarazosa sensación de asistir a un enfrentamiento entre una pareja en la que salen a relucir detalles demasiado íntimos, sin que Allen le dé la menor oportunidad a su contrincante, aunque a la postre eso signifique arrojar una obra con muchas posibilidades al desagüe de la iniquidad.  

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