sábado, 17 de enero de 2009

Muerte en La Fenice


Impulsado por el hecho de que Susana se comprara un libro de Donna Leon como preparación para su viaje invernal a Venecia y la recomendación de Juan Carlos, el director de El Día del Señor (o sea, el programa de la tele que retransmite las misas dominicales), que me contó que estaba muy bien, me saqué del Bibliometro de Embajadores Muerte en La Fenice, que resultó ser el primer libro que escribió su autora, o al menos el primero en el que aparecía el comisario Brunetti, al que ya ha dedicado incontables novelas y según la publicidad de la editorial es popular y famoso a más no poder, cosa de la que acabo de tomar conocimiento.
Como novela negra se hace simpática por lo abrumadoramente convencional que resulta: un asesinato, un investigador pasablemente inteligente que articula el punto de vista de la narración, bastante basura por debajo de las apariencias y una solución que el lector adivina a la vez que el protagonista. Todos los elementos que aparecen acaban teniendo su importancia chejoviana. Como la señora Leon no se ha comido la cabeza con la trama, cabe imaginar que sus intereses eran otros, que yo imagino consistían en hacer creíble la descripción del ambiente social veneciano y mostrar una soltura sociológica impecable cuando se trata de hablar de las diferentes tribus nacionales europeas. Y es que Donna Leon es norteamericana versión cosmopolita, y además de haber viajado mucho lleva decenios afincada en Venecia. Y hay que decir que sale con nota de la prueba: su Venecia resulta de lo más verosímil (para un lego como yo, al menos), así como los comentarios que los italianos sueltan de sus compatriotas y del resto de europeos, aunque a la autora se le nota la satisfacción con que se entrega a esos alardes, que a veces caen en el tópico (sobre todo cuando habla de los alemanes). Hay un personaje, una cultísima y atractiva norteamericana que vive en Venecia y es lesbiana, que resulta un transparente alter ego de la escritora; la complacencia con que la retrata resulta casi simpática. El asesinado es un director de orquesta megalómano y brillante que parece un cruce de Von Karajan y Furtwängler, al que trata con un odio casi patológico. Y el prota resulta algo desdibujado (supongo que en posteriores entregas irá adquiriendo más peso), sobre todo teniendo en cuenta las minuciosas descripciones de los Dagliesh y Wallander a que nos hemos acostumbrados.
Una regla que pensaba inviolable en este género era que cuando un personaje aparece en varias novelas, estas van aumentando de grosor progresivamente. Las de Leon, por lo que he visto en el catálogo de Seix-Barral, escapan a esta norma, y se muestran fieles a las 300 páginas, lo que le permite a la escritora sacar una al año, y pagar el pastón que debe de suponer vivir en Venecia.

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