viernes, 9 de diciembre de 2016

Sobre el verdadero antagonismo

La vida del cinéfilo está llena de sorpresas, sobre todo en la juventud. Luego uno se vuelve un sabiondo y es difícil pillarle en un renuncio, pero todavía puede pasar (pasarme a mí, por ejemplo) que uno se ponga a ver La academia de las musas, del sinsustancia de Guerín, y que le encante. Tampoco es como si Iñárritu se descolgara con una película soportable, algo metafísicamente imposible, pero es una agradable sorpresa que te alegra el día. La academia de las musas redime a uno de los personajes más vilipendiados de la contemporaneidad: el profesor que se acuesta con sus alumnas. Es más, da la impresión de que se acuesta con todas. Para más inri, prácticamente se nos cuenta que la academia de marras se ha montado para que las alumnas se puedan llevar al profesor a la cama y así maduren en su evolución intelectual. Lo mejor es que el profesor carismático no está interpretado por George Clooney o Colin Firth, que es en quien piensan los directores de casting cuando hay que interpretar a un profesor ligón. La verdad es que parece un campesino sanote y fortachón. Si tiene tanto éxito es sólo por el eros de la palabra masculina, un tema completamente tabú en los textos de hoy en día.

El caso es que (como no podía ser menos) el profesor tiene una abnegada mujer a la que no le hace mucha gracia las costumbres pedagógicas de su hombre, y que tiene una escena final sublime (la que cierra el film) en la que se las tiene tiesas con la última amante del protagonista, y en la que las cuchilladas van y vienen con tal profusión que las dos interlocutoras acaban absorbidas por su antagonismo y acaban dejando de lado el objeto que lo había originado. Así que cuando terminé me vi la obra definitiva sobre ese tema (el enfrentamiento entre dos mujeres que acaban tan absorbidas por su odio que acaban olvidando (ellas y el espectador) el motivo que lo originó): Johnny Guitar, donde el odio visceral que Emma profesa a Vienna parece venir simplemente de que el aguachirle de Dancin'Kid le hacía caso antes de que apareciera la Crawford por el pueblo (por llamarlo de alguna manera). Para cuando el film comienza ambas se han dado cuenta de que el chico no vale ni de alfombrilla y han descubierto que si los hombres como objeto de deseo tienen siempre fecha de caducidad el antagonismo femenino no sólo es eterno sino que permite un crescendo emocional infinito. De hecho, el goce que Emma manifiesta ante el incendio del local/cuerpo de Vienna no lo va a conocer en la vida retozando con ninguno de los mindundis a los que mangonea como quiere.