viernes, 7 de diciembre de 2007

2666

Tras mes y medio he conseguido dar fin a la lectura de las 1.100 páginas de 2666 (reconfortado por la noticia de que Susana lleva empantanada dos meses en la lectura de La decisión de Sophie), la novela póstuma de Bolaño en la que, según cuenta en el epílogo el editor, empeñó los últimos años de su vida. Bolaño sabía de la cercanía de su muerte y debió de trabajar contrarreloj para dar forma definitiva al libro, aunque, según parece, dio instrucciones acerca de su publicación que no se han cumplido. La novela es ambiciosísima (como debe ser una novela de semejante tamaño), y pertenece al género de Novela-Total que pretende agotar todas las posibilidades, y, en último término, acabar con la literatura. En un momento dado, un personaje da la clave para comprender las aspiraciones artísticas del texto: se queja de la querencia de los lectores contemporáneos por textos como Baterbly o La metamorfosis, perfectos en su pequeñez, frente a los empeños suicidas y megalómanos inevitablemente condenados al fracaso de los mismos autores (“no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encancha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”). Así, en 2666 cabe todo, toda la historia de Europa del siglo XX, todos los registros literarios, desde el pastiche a la elegía, toda una teoría literaria, que van desgranando los diferentes personajes que giran en torno a la literatura. Tal vez la principal debilidad del libro se encuentra en la última parte, que da la sensación de ser la menos trabajada, en la que hay fragmentos que dan claramente la sensación de que son poco más que bosquejos: mientras que previamente todos los personajes tienen gran consistencia (están “vivos”, por así decir), aquí hay varios que se notan a medio hacer. Y es una pena, porque el protagonista de esta última sección es el escritor alemán que funciona como McGuffin de la primera parte, y que debería servir de testamento literario del autor, un memorando donde dejar dicho el papel que corresponde a la literatura en un mundo invadido por el horror. Y aunque Bolaño parece apuntarse a la doxa imperante acerca de la inanidad de la palabra frente a ese horror de lo real, el mismo gesto de dedicar tantísimo esfuerzo a enunciarla basta para desmentir de facto esa idea.

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