sábado, 30 de enero de 2010

Para calassianos madrileños



Hoy cierran las exposiciones Las lágrimas de eros, que se han llevado a cabo en el Thyssen y en la Fundación Cajamadrid. La verdad es que han sido como un ciclo de cine B, con mucho interés cultural al agrupar cuadros de distintas épocas con una temática similar (lo que permitía percibir como, en los cuadros acerca de la expulsión del Edén, Adán iba desapareciendo progresivamente), pero con pocas obras verdaderamente relevantes.
Pero para los que sigan esa asombrosa relectura de la cultura occidental (y de las demás) que está llevando a cabo Calasso desde hace un par de décadas, el montaje de la Fundación Cajamadrid tiene un plus de interés, porque la obra más destacada es un Tiépolo, La muerte de Jacinto, al que Calasso sólo dedica una mención de pasada en El rosa Tiépolo, su última novela/ensayo, pero que a mí me pareció deslumbrante (en cualquier caso, en el hipotético caso de que esta entrada se tropiece con algún calassiano, no hace falta que salga corriendo a ver el cuadro porque está habitualmente en el Thyssen).
El grupo central contiene el tema conocido, Jacinto era un hermosísimo joven que tenía locos a bastantes dioses, entre los que optó por Apolo. Un día en que estaban jugando a lanzar un escudo o unas flechas Jacinto fue golpeado en la embriaguez de la competición por el susodicho escudo o por las flechas (en el suelo hay un carcaj con flechas, aunque lo más desconcertante es la raqueta de tenis con sus pelotas que andan desperdigadas por la parte baja del cuadro, una especie de comentario irrisorio a lo "postmoderno" ¿habría muerto Jacinto de un pelotazo jugando al tenis? No aventuro más hipótesis porque no estoy puesto en iconología e igual meto la pata). Si la escena tiene algo de teatral o de operístico es porque asisten dos grupos de espectadores bien delimitados: a la izquierda parecen acercarse, aunque mannteniendo cierta distancia, una heterogénea pandilla con uno de los famosos "orientales" a la cabeza (famosos, nuevamente, para quien haya leído a Calasso, porque antes no había oído hablar de ellos, y la verdad es que tampoco le había prestado la más mínima atención a este pintor). Su mirada es la de alguien que asiste a una desgracia prevista e ineluctable.
Pero lo que más llama la atención es, en la derecha, la estatua de un sátiro que observa la escena con un indisimulado goce extremadamente obsceno. La estatuta lleva inscrita en su deterioro (le faltan los brazos) el tiempo que ha estado esperando para asistir a este acontecimiento. Que su goce es de índole sexual viene marcado por la mano levantada de Apolo, que está justo a la altura del sexo del sátiro, que por otro lado tiene una carnalidad bastante sensual. El caso es que es una mirada bastante moderna, en el sentido de que anticipa la manera en que, en nuestra modernidad, los medios nos ofrecen el espectáculo de lo siniestro.



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