martes, 13 de abril de 2010

Escritura y paranoia





El centro es el lugar donde la imagen
habla desde su doble transparente.

(Juan Antonio Cirlot, Bronwyn)



Libra es una novela que gira sobre el aesinato de Kennedy, que es como decir la Historia y la Tragedia a la vez, que no se puede decir de DeLillo que se asuste. Las 120 páginas que llevo leídas alternan el seguimiento a Lee Harvey Oswald con el de un grupo de agentes de la CIA que han fracasado en el intento de derrocar a Castro. En realidad, se sugiere que lo que sabemos de Oswald es una invención de los conspitadores de la CIA, que quieren construir un fantasma al que adjudicar la autoría de un supuesto atentado ("Daría forma a un ser, construiría una identidad, una maraña de creencias y costumbres más que sutil, sutilísima").


A su vez, en un salto posterior, descubrimos a un metanarrador, Nicolás Branch, encargado de la imposible tarea de anotar todas las teorías formuladas alrededor del asesinato, todas las pistas seguidas, todas las posibles ramificaciones, por lo que es probable que lo que nos narran de los agentes secretos no sea más que una de las hipótesis que Branch maneja.


Si bien Libra se apunta a esa corriente cervantina y moderna en que se pone en cuestión el status del narrador, es muy cuidadosa a la hora de hacer creíbles los personajes que pone en el papel. Como si fuera un manifiesto, la novela cumple con el precepto de dar una visión del mundo a la vez que propone una teoría sobre lo que debe ser una novela (poner en duda los discursos que legitiman el poder sin renunciar a la exigencia ética de "tomar partido").


Leyendo el libro, he recordado que dentro de las muchas (y algunas brillantemente divertidas) teorías conspirativas que en España surgieron a raíz del atentado de Atocha, ninguna se hizo cargo de la variante más sensata y probable, la de que en el origen estuviera el propio Aznar, deseoso de hacer ver que la amenaza islámica era real y nos afectaba. ¿Qué cosa más sencilla que encargar a algún mando de los servicios secretos que buscase a algún soplón que montase un simulacro de atentado, para luego demostrar a los españoles que el mundo musulmán se merecía todo lo que le cayese encima?¿Y que al poco de desechase el montaje por absurdo y demencial, si bien ya la operación había dado comienzo, y nadie se ocupó de pararla?


Por inverosímil que parezca, tampoco sería tan raro que nuestro inefable ex-presidente hubiera leído a DeLillo.

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