jueves, 28 de agosto de 2008

El Pentateuco de Isaac


























Es probable que todavía sigan escribiéndose apocalípticos artículos acerca de la muerte de la literatura, de la lectura, de la edición independiente, de las librerías de fondo y de otros objetos prestigiosos de la ancien culture (prestigiosos en nuestra época, porque de las novelas y de la lectura en tiempos se dijeron barbaridades que recuerdan a los anatemas que hoy les caen a los videojuegos); desgraciadamente el torrente de apasionantes libros de toda laya que sobre nosotros derraman las pequeñas editoriales que surgen como hongos no nos deja tiempo para leer ese soporífero género periodístico.
Hoy le toca a una novela de Libros del asteroide, una editorial que ha publicado a autores como Robertson Davies, Nancy Mitford o William Maxwell, o sea, gente de la que no tenía ni idea de que existiera antes de que fueran publicados por ellos, al igual que este Pentateuco de Isaac de un búlgaro llamado Angel Wagenstein, del que la solapa nos informa de que esta su primera novela la escribió con setenta años, tras una brillante y reconocida carrera cinematográfica como guionista y realizador (que dudo yo que nadie la conozca por estos lares), y cuyo subtítulo reza "sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco países", subtítulo que me ahorra tener que contar de qué va. El Pentateuco de Isaac se diferencia del género judíos en la Centroeuropa de las entreguerras en que también se podría describir como una de las más brillantes antologías que se hayan escrito nunca de chistes, anécdotas y parábolas hasídicas, porque no hay acontecimiento que el narrador no salpique con algún ejemplo divertido del acerbo cómico judío, lo que tal vez le reste algo de enjundia al relato pero lo hace divertidísimo. Un par de ejemplos:
- ¡Cuánto has cambiado, Moisés, al quitarte la barba y los bigotes!
- No soy Moisés sino Aaron
- Pues, mira tú: ¡hasta de nombre has cambiado!
-
Mordejay no acababa de entender por qué su vecino polaco había enviado a su hijo a estudiar a un seminario.
- Le he enviado porque se puede hacer cura.
- Vale, ¿y qué?- siguió sin entender Mordejay
- Luego puede hacerse cardenal
- Vale, ¿y qué?
- Un buen día puede llegar a ser papa.
- Vale, ¿y qué?
- ¿Pero no te das cuenta? ¡Puede llegar a ser papa!¿Qué más quieres?¿Que se haga Dios?
- ¿Por qué no? -respondió Mordejay-. Un chico de los nuestros se hizo.

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