miércoles, 28 de septiembre de 2011

Todos los relatos el relato



El sábado pasado, día de la gala de clausura del festival de San Sebastián, me fui con Carlos del Amor por la mañana a ver Drive, película que ambos nos perdimos en Cannes y que a los dos nos gustó. Drive está distribuida por Disney, aunque visto el grado de violencia de algunas escenas es improbable que le hagan publicidad en su cadena infantil. El caso es que, aunque no vino ni el director, ni el actor ni (desgraciadamente) la actriz, Cristina Díaz, jefa de prensa de Buenavista, acudió al pase y organizó una comida de prensa, que es un ágape en la que una distribuidora le paga una comilona estupenda a un grupo de críticos con la más o menos explícita intención de sobornarlos para que traten bien el film de marras. Como Drive se defiende sola (los dos cabecillas que lideraban el grupo de comensales, Nando Salvá y Luis Martín, son forofos del neonoir de Winding Refn), Cristina sugirió que el trato favorable se trasladara a Capitán Trueno, si bien se limitó a pedir que se abstuvieran de destrozarla y que más bien la trataran con un piadoso silencio. Como Capitán Trueno es de TVE, la empresa que me paga, me entró la vena nacionalista y exigí que todos ensalzaran el film como el mayor acontecimiento épico desde El halcón y la flecha (que es mi peli favorita de aventuras), si bien dudo que nadie me hiciera caso, vista sobre todo la cantidad de botellas de vino vacías que yacían a mi alrededor.


En esa comida ya corrían rumores (acertados) acerca de lo que sería el palmarés, el más firme de los cuales era el de que Isaki Lacuesta había pillado algo muy gordo; y lo único que a Carlos del Amor le impedía afirmar que era la Concha de Oro era que le parecía imposible que le dieran el máximo galardón a ese film. Luis Martín optaba por el premio especial del jurado, habitualmente pensado para cosas raras y para satisfacer a los frikis que en todo jurado se cuelan (parece ser que Álex de la Iglesia se había quejado de que en este jurado en concreto los frikis eran inmensa mayoría, o sea, todos menos él).


El lunes, de vuelta a Madrid y a la tele, me topé con los responsables de que Los pasos dobles tuviera financiación de TVE, que es como decir los responsables de que la obra exista, y en vez de andar exultantes parecían cabizbajos por la publicidad que le había caído encima a un producto que ellos pensaban iba a ser otra cosa, y a la que auguraban un discreto pasar de puntillas por el festival, por la taquilla y por la pantalla televisiva.


Yo no había visto Los pasos dobles en Sanse, y mi mujer se descolgó con el capricho de ir a verla para celebrar nuestro reencuentro familiar. Si bien yo no tenía especial interés, la demoledora crítica de Boyero auguraba alguna sorpresa agradable. Todo el que siga este blog habrá adivinado que Los pasos dobles me encantó, me parecío una maravilla, llena de alegría, de luz, de cine, de historias fascinantes, y ni siquiera que salga ese jartizo icono cultural que es Barceló molesta para nada; es más, sorprende la modestia con que se presta a hacer de epígono de François Augierás, deslumbrante figura sobre la que pivota esta ficción que reivindica el papel clave que lo sagrado posee en toda articulación narrativa, ese punto inalcanzable sobre el que gira la posibilidad de que surja un relato, que aquí se encarna en ese búnker que Augierás pintó para dejar que desapareciese tragado por la arena y a cuya búsqueda parte un cuarteto desternillante cual variación moderna de La isla del tesoro, o en esa adivinanza que el jefe de los bandidos plantea a todos a los que asalta, como si fuera una versión bufa de la esfinge de Tebas. En medio tenemos un héroe que, desconcertado, se encuentra. o se tropieza, con todas las tareas imaginables que le pueda caer a cualquier figura salida del panteón mítico: abandonado por sus hermanos (de armas), atraviesa un desierto abrasador para encontrar cobijo entre un grupo de salteadores, con los que llegará a un pueblo maldito (habitado por negros albinos), para posteriormente ser reconocido como la reencarnación de un semidiós y acabar encaramado a un árbol de por vida, cual barón rampante.


Todo este periplo mítico/heroico está narrado con el desparpajo del Raúl Ruiz más desmelenado, y aunque a ratos emerge el lado más pesadote de Lakuesta el entorno parece imponer una alegría narrativa contagiosa. De vuelta a la tele, Carlos del Amor cree que le tomo el pelo cuando le digo que Los pasos dobles me encanta...

2 comentarios:

Francis Black dijo...

y a tu mujer le gusto la peli ? Yo tengo que ir con P a ella lo que le gusta es Mali, le gusta mucho.

abbascontadas dijo...

Pues sí, a ella le gustó, especialmente la manera en que está retratada África.