viernes, 15 de julio de 2011

Por una lectura trágica de El pirata



Proust dedicó cientos de páginas morosas a detallar el proceso por el que un rostro emerge del magma de deseo indiferenciado que supone el comjunto de potenciales objetos para la mirada masculina. Guerín explicó (también morosamente) en En la ciudad de Silvia como esa elección de objeto era la premisa básica para que pudiera surgir el relato. Minnelli y Kelly dedican el primer número musical de The pirate ha describir gozosamente ese errar del deseo entre un número potencialmente infinito de hermosas damas, indiferenciadas porque a todas Serafín/Gene Kelly llama igual, Niña (en español, que se supone que el personaje es un cómico madrileño), para evitar enojosas confusiones.

http://youtu.be/x4_IiHf8hCw



Como esto es una comedia musical, en seguida aparece la figura que emregerá de esa indeferenciación para fijar el anhelo del protagonista, un objeto con un rostro (el de Judy Garland) y, por supuesto, un nombre, Manuela. Manuela va a casarse con el alcalde rico de su pueblo, y antes de verse encerrada en un matrimonio de compromiso y en una hacienda lujosa se acerca, por última vez, a ver la vida de un puerto y el mar del Caribe, que aquí no aparece como esa playa pasadisíaca de los anuncios sino como unas olas pulsionales que arremeten contra un dique que apenas pueden frenarlas.


En su espectáculo Serafín hipnotiza a Manuela, y ésta se marca un baile orgiástico en el que emerge su oculto deseo, nada menos que ser raptada y violada por el mítico pirata Macoco. Un baile salvaje que levanta el entusiasmo entre el público y el terror en Serafín, que asiste impotente a la emergencia de esta pulsión desenfrenada. Manuela se siente bastante humillada porque su inconsciente se haya hecho tan público y huye a recluirse a su pueblo y a su plácido matrimonio por conveniencia.

http://youtu.be/lJWTRK2yObU


Esto sólo es el comienzo, porque el cómico y su troupe siguen a la dama hasta su villa, y Serafín se atreve a invadir los aposentos privados de Manuela. Cuando el alcalde, Don Pedro, lo descubre, la peli da un giro (todavía más) demencial: Serafín (y el espectador) descubre(n) que, en realidad, Don Pedro es el temido y buscado pirata Macoco, que retirado de sus aventureras fechorías se ha reconvertido en acaudalado y respetable cacique de provincias. Como en la canción del ramito de violetas, resulta que en la misma persona coinciden el tedioso marido y la anhelada figura romántica, si bien aquí las claves libidinales sólo las posee el cómico, que se mete en un disparatado juego de chantajes e identidades: se presenta ante el pueblo (y Manuela) como el verdadero Macoco y exige, para no arrasar la ciudad y pasar a cuchillo a sus habitantes, que le entreguen a la doncella que se iba a casar con el alcalde.


Aquí hay un par de escenas desternillantes en las que las fuerzas vivas se arrodillan ante la puerta de Manuela suplicando que se inmole en las fauces del monstruo para salvar a la comunidad, mientras al otro lado la Garland se pone sus mejores galas y se hace de rogar. Finalmente sale vestida de negro y pasea por todo el pueblo, lista para el martirio sexual, pero la pobre descubre en seguida que el supuesto amo de un goce salvaje es un fraude, que para eso Minnelli pertenece ya a la escritura postclásica, allí donde los hombres no están nunca a la altura de la demanda femenina. The pirate es un film donde abundan los decorados y las representaciones, y Manuela finalmente optará, cuando tenga la oportunidad de elegir, por el falso Macoco. Descartada ya la posibilidad de un goce verdadero, preferirá dedicarse el resto de su vida a hacer literalmente el payaso.



2 comentarios:

Isak Borg dijo...

Hace siglos que no he visto "El pirata", tan conocida por su "Be a clown" felizmente plagiado en "Cantando bajo la lluvia".

Mercedes Cobo dijo...

Precisamente estos días he estado leyendo el libro de Alexandre O. Exquemelin 'Bucaneros de América', una biografía de los piratas escrita en el siglo XVII, y está tan en las antípodas de los piratas musicales cinematográficos como sólo pueden estarlo los mitos de las realidades que los inspiraron.